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Tierra roja y nubes negras

Manuel viaja en la compañía de cien hombres que su general lleva a Chinameca para abastecerse de parque. A su espalda escucha al Clarín cantando:

“Se me reventó el barzón y

siempre la yunta andando…

Cuando llegué a mi casita

me decía mi prenda amada:

¿ontá el maíz que te tocó?».

Manuel lleva los labios secos, su lengua es la superficie quebrada de la tierra sin lluvia, sus parpados caen pesados, el sudor caliente adhiere la camisa de manta blanca a su espalda y pecho. El sol lo deslumbra e inclina el sombrero que su general, El Caudillo del Sur, le había regalado cuando recién estaba aprendiendo a tirar. Le había dicho:

─Tome, cabrón, y cúbrase del sol  pa’  que apunte mejor ese fusil.

El Caudillo del Sur sí era un verdadero revolucionario. No sólo por la vestimenta, como creían muchos, la cual Manuel trataba de copiar: traje de charro, pantalón apretado con un solo botón de plata, chaqueta corta, sombrero y un paliacate de seda roja; si no por su modo de ver. Tenía ojos de líder: su mirada dura pero con una extraña luz, una pena muy profunda y un corazón vivo, apasionado, luchador.

Manuel alza la pierna derecha para acomodarse bien al lomo del caballo y de paso se acomoda el calzón.

–Pinches ropas de tienda de raya… como pican las cabronas ─dijo al Coloradito quien cabalgaba a su lado.

A Manuel le gustaban los apodos, podía pasar horas pensando en el mote perfecto para alguno de sus conocidos. Era autor de Coloradito y aunque la gente pensaba que era por cuestión política, realmente se debía al color de los cachetes cuando andaba borracho.

─Ya andamos llegando, mi general, enfrentito se ve la hacienda de Chinameca ─dijo Romelio al Caudillo del Sur, quienes iban a dos caballos de distancia de Manuel.

─Ya nos debe andar esperando ahí Guajardo pa’ ver lo del parque ─respondió Zapata.

─Oiga, mi general… ¿Si es cierto eso de que el Guajardo se echó a cincuenta federales?

─Cómo chingaos crees no, si así probó lealtad revolucionaria, Romelio.

Manuel se mordió los labios. Guajardo era escoria, no podía entender cómo su general confiaba en él. Por eso mismo le había empezado a buscar un apodo a ese federal: el federalito o el soldadito. Pero a ambos les faltaba algo más humillante; porque para él un federal siempre va a ser un federal y solamente hay algo peor que un federal y eso es un traidor.

Entran a la hacienda de Chinameca con el sol resplandeciendo frente a ellos y divisan la silueta de unos cuantos hombres enfrente, esperándolos. Una trompeta retumba y en los techos surgen más siluetas negras que crean una leve molestia en el corazón de la compañía.

Manuel alza su sombrero para ver las caras de los hombres. Se relame los labios y escucha un golpe seco junto al sonido del aire siendo cortado. Un sonido familiar. Uno que alerta en cuanto se escucha. Uno que lleva tiempo a su lado. En seguida el caballo de enfrente se levanta en dos patas y relincha. Romelio pica a su corcel con las espuelas y sale volando. Dos disparos más y el caballo de Romelio sigue corriendo pero su cuerpo comienza a resbalar a la izquierda, jalando las riendas con él. En su camisa blanca crece una mancha escarlata.

A la izquierda de Manuel cae su compañero, el Coloradito, de espaldas contra la tierra. Las manos intentan parar el chorro de sangre que emana de su garganta y boca.

Al frente del grupo se escucha un grito alto y fuerte. Su general desenfunda la pistola. Todos lo hacen, por un momento parece que pueden defenderse; que la tierra puede ser liberada y la revolución ganada. El Caudillo del Sur raya su caballo y levanta el fusil. Dos balazos bajan de una de las siluetas: uno le da en el pecho al caballo y el otro en la mano al Caudillo del Sur.

El general cae y a su espalda los uniformes de sus seguidores se tiñen de sangre, los caballos tiran a algunos soldados y huyen; otros hombres caen con todo y caballo y muren asfixiados.

A Manuel le atina una bala en la panza y cuando cae de su caballo no pudo más que pensar: “Pinche Cuajardito  hijo de su…”

La lluvia de balas sigue, solamente hay silencio entre las recargas de pistolas. Vaciaron todo el parque que trajeron.

─Qué no sobre una sola bala ─había dicho Carranza. Y ni una sola sobró.

Desde el suelo, el Caudillo del Sur mira las siluetas negras esparcir humo negro con cada disparo. Cubren el cielo y le quitan la belleza. El sol brillante oscurece por el humo de la pólvora. Su cabeza cae de lado, sus cachetes se empapan con la sangre de sus soldados. Su sudor se mezcla con las lágrimas, balas y sangre que iniciaron la revolución y también la asesinaron.

Por su mente pasa su tierra, su Ananecuilco y su generala. Moriría lejos de casa: sin tierra, sin lágrimas, sin sangre y sin parque.

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