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Trescientos kilos de belleza

Silvana sube su mano y un poco de merengue, una pizca de majestuosidad rosada, cae embarrada en medio de sus amplios senos. Lamo mis labios con deseo. Se ríe con un ruido semejante al chillido de una puerta desaceitada, y al hacerlo escupe migajas de pan en su plato rebosante de pastelillos. Quién fuera tales golosinas para tocar los vestigios que han estado en su boca. Quién fuera un suculento napolitano relleno de cacao para ocasionar que a la dulce Silvana se le humedezca el organismo.

¿Qué por qué la amo? ¿Acaso es usted ciego? ¿Habrá usted apreciado en algún momento de su vida la belleza un Botero? ¿La circunferencia de la tierra? ¿La estética del medioevo?

Silvana es el amor de mi vida, mi alma gemela, mi naranja completa. Es bellísima. Ahora, jamás mentiría diciendo que es pequeña, al contrario, yo aborrezco a las famosas petits europeas. ¡Cómo las detesto! Son iguales a palillos, sus espaldas asquerosas son lisas y parecen de esqueletos andantes. ¡Por favor alguien lánceles un biscocho para que les crezcan un poco esas caderas! Yo adoro a la mujer de la vieja realeza, como Silvana.

Silvana no es pequeña y jamás osaría darle un comentario tan hiriente como: No comas tanto. Por supuesto que no, al contrario le diría: Échate otro pastelito, mi gran cucumis melo. Silvana es grande, si comparara su tamaño con las bebidas de la dulcería del cine sería un refresco jumbo. Si intentara ganarme su corazón por medio de la astrología le diría: Usted debe ser un planetoide pues me atrapó en su órbita.

—¡Pinche enfermo qu’eres, Romeo! —dijo uno de mis compadres la semana pasada.

—Usa tres asientos en el cine, caón.

—Y traga como si la comida no costara un puto peso.

—Se chinga veinte tacos por sentada.

—Alguien envolvió mal el burrito.

—¿En cuánto te sale a la semana, nada mas de comida, compadre?

Mis tres compadres arrimaron las cabezas y se acercaron a mí esperando una respuesta lógica. Me ruboricé y con un poco de pena respondí —Poquito más de 8000 mil varos.

Se atacaron de la risa y repitieron la cifra una y otra vez.

—¡8,000 pinches varos! Te mamaste, compadre. Ya mejor cómprate un cerdito —dijo con las manos en el estómago, los ojos lagrimones y recargando su peso sobre las dos patas traseras de su silla.

Mi puño rebotó contra sus dientes y él cayó de golpe contra el suelo. Me molestan de sobre manera esas burlas. Cerdito. Chingas a tu madre compadre. Mi mujer no es ningún cerdo y de compararla con un animal yo más bien diría que es un tierno y liso unicornio marino, un narval libre y extraordinario.

Amo cada parte de su cuerpo. Sus ojos son dos trufas escondidas entre cachetes rosados y tiene la boca tiernamente manchada de los lados. La piel que le decora el cuerpo es fondant blanco. De su pecho cuelgan dos conchas atiborradas del néctar de la excitación y podría pasar todo el día besando el azúcar de su busto o mordiendo la confitura que son ese par de pezones resaltando cual cereza en la punta de la magdalena. Sosteniendo tal obra artística del panadero divino que la creó, un par de panqueques regordetes atrapados en medias de nylon rojas. ¡Exquisito!

Sin embargo, lo que más aprecio de esa receta de repostería para dioses, es su sexo. Escondido entre las mantas celestiales de hamburguesas y tocino. Es un tesoro guardado, una tostada francesa rellena de mermelada. Es un tributo a la dulzura, un homenaje a la cocina y una ofrenda al deseo.

Silvana es a la belleza como respirar al que se ahoga, eso que le falta a uno y le sobra al otro. La belleza no sería belleza sin Silvana. No puedo pasar un momento sin desearla y mi cuerpo se acelera con solo imaginarla desnuda, encallada entre las sabanas de mi cama. Podría vivir cada segundo respirando el chocolate de su aliento. La tristeza de esta historia es que ninguno de ustedes se preguntó si la dulce y gran Silvana tenía un corazón noble. Me juzgaron como un loco fetichista. El corazón de Silvana no es de crema chantilly. Está hecho de amor y ternura y por miocardio tiene un alma dadivosa y solidaria. Sus lágrimas no son de mantequilla hirviendo, cargan dolor y cuentan con un sabor amargo.    

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