Mis ventanales reflejaron por primera vez el atardecer anaranjado recubierto por nubarrones blanquecinos. Fue tan bella la primavera. Recuerdo vagamente la silueta del sol destellando detrás de los árboles, como si la naturaleza me guiñara un ojo.
La paz era tan perfecta. ¡Qué podría decir de mí jardín! Además de que era una edén joven y lleno de vida y los pájaros… ¡Oh, debiste verlos! Te habrías enamorado de la majestuosidad de esas aves revoloteando cerca de mis alfeizares. Iban de aquí para allá buscando el lugar perfecto para hacer un nido. La verdad no me molestaba ni siquiera un poco, al contrario, una parte de mí siempre quiso darles cobijó, ¿sabes? Eran una familia más que podía resguardar durante la noche y ese era mi sueño, o tal vez mi función. No lo sé. Es que ahora tengo tantos cuartos vacíos, tantos rincones sin vida que no puedo evitar la melancolía.
¿Qué sentirías tú, si supieras que hay un espació abandonado en tu tórax? Como un abismo. Un hoyo sin órganos, sin cosas que te ayudan a vivir, sin sangre, sin venas, nada más que una habitación oscura y sola. Sólo de pensarlo se me encogen las paredes.
Por suerte ese sentimiento no lo conocí hasta después, ya cuando estaba asentada. No, mi primera noche fue rápida. La gran mayoría de momentos hermosos así son. Estaba tan emocionada que ni siquiera cuando el viento se metió entre mis tejas me dio frío. Recuerdo escuchar a los grillos. Gocé del ulular, pero más amé la añoranza del mañana. No sabía cómo sería recibir a mi familia. Me pasé toda la noche crujiendo, con eso te digo todo. Desde que el sol se metió hasta que volvió a salir estuve con las vigas y columnas de mi interior temblando, cómo dirías tú, hasta el tuétano.
Cuando desperté mi existencia cambió por completo. Mi familia me atascó de cajas por montones. Me llenaron de libros antiguos y nuevos. Lo único malo es que adornaron mis paredes con recuerdos de su vida antes de mí. ¡Antes de mí! ¿Puedes creerlo? Como si yo fuera uno más de sus trofeos. Un simple objeto tan banal como un collar en vez de un hogar. No lo negaré, en el momento estuve a punto de tronar mis tuberías del coraje, pero ahora sé que cuando amas a alguien nuevo siempre cargas contigo el amor del pasado. Es que los lugares en qué uno ha sido feliz siempre te acompañan. Ahora lo entiendo. Las familias que han vivido en mí fueron lugares ellos mismos y soy una colección de ellos, de sus destinos y sus memorias.
Hice todo cuanto pude por cuidar de mi primera familia. Los protegí del viento, los cubrí del sol y la nieve. Arriesgué mi propio cuerpo para apartarlos de las lluvias y todo siempre fue bien pagado. Ellos se tomaban el tiempo de limpiar mis tuberías y arreglaban una que otra teja que a veces se me caía. ¡Qué pena! Trata de mantenerlo en secreto.
Se preocupaban mucho por mi techo, sobretodo para evitar goteras. Eran dulces, eso lo recuerdo bien. Matuvieron mi madera bien encerada y mis paredes siempre pintadas. Incluso mis jardines eran los más bellos de la cuadra y además gastaban horas y horas en adornarme en las fechas importantes. Iban y venían en las navidades y en el día de muertos me volvía un altar lleno de espíritus amorosos.
Eran bueno momentos. Mi familia se hizo más grande con cada década de mi existencia y en mi sala siempre hubo espació para ellos. Por eso nunca logré entender porque se fueron.
Me abandonaron una tarde de verano. Yo que los amé y cuidé, también los vi partir. Fue como si regresaran en el tiempo al día en que llegaron, uno a uno, quitaron los cuadros. Sacaron los muebles y guardar cada parte de sus almas en cajas de cartón.
Se fueron y cada mañana fue un martirio, cada tarde una eternidad y cada noche una herida expuesta. ¿Me olvidaron? No lo sé. ¿Me amaron? Eso espero. Estoy segura de que también les dolió a ellos, ¿porque otra razón habrían puesto capas de pintura para cubrir las cicatrices que habían dejado? Aunque me hubiero gustado que no las borraran, ya sabes, para recordarlos. Sí, estoy segura de que me amaron. Me niego a pensar lo contrario.
Estuve en Soledad por un tiempo después de eso. Los pájaros abandonaron sus nidos y dejaron sólo una colección de basura pegada a mi cuerpo. El moho creció en mis paredes, las raíces se enrollaron en mis columnas hasta tapar mis cristales. En mi interior era la misma historia. Cada esquina se llenó de telarañas y mis tuberías que una vez fueron el recorrido de vida de mis inquilinos ahora no eran más que el camino de las cucarachas.
Lo más doloroso fueron las ratas. Quebraron mi piel y cruzaron mi estructura hasta que violaron la santidad de mis habitaciones. Esa maldita plaga, esos parásitos que degustaban mis paredes como si fueran queso y fornicaban dentro de mis huesos sin importarles mi alma.
Llegué a pensar que mi vida acabaría, sin embargo, empezaba el otoño cuando una nueva familia llegó a mí. Sí te soy honesta la recibí un tanto aterrada. No sabía cómo serían, si cuidarían de mí o si me tratarían como un juguete más. Era terrible. Yo ya no era tan joven, ya me faltaban algunas tejas y tenía todo el cuerpo cubierto de polvo. Creí que tal vez me dejarían en un abrir y cerrar de ventana. Pero fueron buenos amos por el tiempo que duraron. Me cuidaron e hicieron que mis corredores se llenaran de jovialidad de nuevo. Atendieron a las pestes de mis interiores y en poco tiempo el dolor se volvió un recuerdo. Los inquilinos no deseados desaparecieron y reinó en mi cocina y estudio solamente el cariño.
Debo aceptar que el amor que sentí por ellos era un tanto menor al que llegué a sentir por mis primeros amos, más bien era distinto. No me refiero a que los amara menos, pero la intensidad sin duda no era la misma y es que muy dentro de mí, en el cobre de mi cableado, sabía que eventualmente la energía cesaría. Sabía que un día se irían.
Y así fue, una y otra vez. Pasé la vida dando un amor reservado y ellos lo recibieron con gusto. Mis familias partían y otros nuevos inquilinos abrían mis puertas, festejaban y lloraban en mis habitaciones. Amé a algunos de ellos más que a otros y odié a pocos como a algunos. Hubo a quienes me gustaba resguardarlos del viento y había a quienes espantaba crujiendo mis maderas durante las madrugadas más oscuras. Así pasé décadas, abriendo mis puertas, a veces sin conocer a mis verdaderos dueños. Años y años pasaron y vi un sinfín de beso y golpes. Hasta que durante un invierno noté que algo explotó en el horizonte.
Fue como un amanecer en la madrugada, todo se llenó de luz. El polvo y el viento golpearon mis paredes, petrificaron mis vigas y destruyeron mis cristales. El mundo se oscureció en un chasquido y nunca más amaneció de nuevo.
Lo que llegó después fueron verdaderos terrores de la noche. Criaturas de pesadillas y animales nocturnos que se destrozaban entre ellos. Día con día el calor se volvió una leyenda. Sólo sobraba la nieve y el ulular de la soledad.
Los inquilinos que llegaban a visitarme eran escasos. Entraban recubiertos de trapos viejos sólo a pasar un par de horas resguardados en mi sótano. Después partían con la misma facilidad con la que habían entrado. Ya no había cajas vacías, pero tampoco las había llenas. Supongo que era libre aunque me sentía abandonada. Ya no existían dueños invisibles que custodiaran mi ser, ni familias que amaran mis cuartos ni humanos que ensuciaran mis paredes.
Solo quedaba los fantasmas de mis inquilinos, aquellos que encontraron el amor o la muerte bajo mi techo. Estaba embrujada por el dolor de mi pasada y la añoranza de una familia antigua que cuidara de mí. A pesar de ello, los insectos seguían usándome como si fuera una cueva. En vez de pájaros en los alfeizares tenía panales de avispas. Las ratas regresaron y aunque en algún momento llegué a detestarlas, ya empezaba a gustarme resguardarlas.
Ya no eran parásitos, se transformaron en asesinos de la soledad. Las cucarachas que se escondían en mi sótano adornaron mis pisos con sus cadáveres… Sí, al menos tuve una función para ustedes.
La noche duró hasta que el infierno llegó. La nieve se escondió del mundo. Mis cuartos se llenaron de arena y mi estructura se sumergió en la tierra. Lo último que presencié, fue mis ventanales, por primera vez en años, reflejando el atardecer anaranjado recubierto por nubarrones blanquecinos. Fue tan bella la primavera. Recuerdo vagamente la silueta del sol destellando detrás de los árboles como si la naturaleza me guiñara un ojo.
