Cuentos, Cuentos largos

La historia del rey Uri

Al fin llega. Es hora, Petros.

Uri, me queda poco tiempo, suficiente para contarte un último cuento. Un día tus labios recitarán el mismo relato. Debes entenderlo, pues sólo te podrás unir a Petros si ambos lo desean.

Esta historia la escuché cuando tenía tu edad y al igual que tú, no era más que una niña huérfana con sueños inalcanzables. ¿Crees que soy vieja? Esa palabra ya no tiene significado. No te preocupes, a pesar de estos huesos cuarteados, aún recuerdo mi juventud.

Mi tripulación solía llamarme La Capitana del ocaso, La leyenda del reino de Elody. Algunos bromeaban diciendo que era la nieta perdida del pirata Helios. Eso fue antes de que la revolución triunfara y mis piernas fueran remplazadas por acero.

¿En que estábamos? ¡Ah, sí! Mi primer viaje. Esta será tu historia, Uri, escúchala y dime: ¿De verdad crees que una vida es suficiente para conocerlo todo?

Cuando era niña solía escapar del orfanato y merodeaba por el puerto de Elody, algunos navegantes me pagaban una moneda por limpiar el mascarón de la proa y yo lo hacía feliz, soñando con un día navegar más allá de ese reino.

Tenía 13 años cuando subí de polizonte a uno de esos flarcos antiguos, esos navíos flotantes impulsados por runas y globos aerostáticos. Iba en una expedición a los desiertos del Velaino en busca de la ciudad perdida de Áberi, bajo el mando del explorador Rembunt, quien murió aquella tarde entre las fauces de la bestia: el boufest de arena.  

Puedo recordar el olor a humedad, pólvora y naranjas. Estaba escondida entre los barriles y las cajas de provisiones cuando un rugido estremeció al navío. Todos subieron a cubierta. Mi escondite en la bodega se vio inundado por los pasos embotados subiendo las escaleras. Me asomé por la escotilla y vi a la tripulación empujarse hacia el barandal de estribor.

—¡Viren a babor! ¡A babor! ¡Es el boufest! —gritó el vigía momentos antes de que una sacudida lo hiciera caer hacía la infinidad del desierto.

A pesar del sudor en mi espalda, me acerqué a uno de los cañones y por la porta del costado vi a un monstruo gigantesco. Antiguo y violento. Su cuerpo era largo, similar al de una serpiente emplumada. Los colmillos eran del tamaño de un barco y sus ojos parecían dos esferas obscuras y opacas.

El boufest abrió sus cuatro alas enormes y en un segundo el bote se partió a la mitad. Caí hacía el desierto y al voltear vi una lluvia de sangre y a la bestia devorándolo todo.

La gente muere, Uri. No todos pueden vivir para siempre.

Desperté la madrugada del noveno día entre telas impidiendo el paso de la arena al interior del cuarto. El zumbar de los insectos me ensordecía. Me segó la luz de un candil de aceite. Había algo distinto. Mi cuerpo se sentía aletargado, parecía hecho de madera.

Me costó trabajo levantarme y al estirarme, una punzada navegó por mi espalda. Estaba desnuda cubierta con hojas y ungüento, que luego supe estaba hecho con alas de hada. Toqué la pomada y la acerqué a mi nariz, pero no percibí nada. Ni el olor ni el aire. No tenía sed ni hambre.

Cof cof

El sonido me sobresaltó. Mi corazón palpitó al recordar al boufest. Retrocedí y recogí un manto del suelo para cubrirme.

—Tranquila —dijo una voz vieja en un susurro suave. —Estás en la tribu Perinoia. Ellos te encontraron.

Una vez acostumbrada a la iluminación, vi a una silueta encapuchada liderando a un grupo de ancianos.

—Son nuestros niños, nuestra tribu que lamentablemente llegó al final de su linaje. —Se acercó, cada movimiento lo acompañaba un clack, como si chocaran dos rocas huecas.

—Nosotros somos el líder y podemos cumplir cualquier deseo, cualquier sueño. Podemos destruir reinos y asesinar reyes con una gota de sangre. Tú podrías hacerlo también. ¿Conoces la ley del regreso? Cada acción requiere un pago. Si matas, mueres, si robas, te es robado y de salvar a una persona, te deben la vida.

La luz alumbró una capa gris, sus grabados azules me recordaron a las runas del flarco. Por más que el hombre avanzaba, sólo veía su barba blanca debajo de la capucha. Alzó el brazo y mostró su mano esquelética sosteniendo el mismo anillo que ahora te pertenece, Uri.

—Es el alma de Petros y todos le debemos la vida.

Los huesos y la sortija lucían brillantes. Estar en su presencia era… antiguo.  

—Él es quien te regresó a la vida. ¿Cómo pagarás tu deuda, Lily?  

En un lugar que ahora ya no existe, dentro de un objeto de cristal había un pueblo gobernado por el rey Mertiro y la reina Mertira. Aquel lugar se llamaba Mertir y siempre estaba nevando. Yacía escondido entre montañas blancas y alrededor había tormentas de nieve. Las ventanas de las casas estaban cubiertas de hielo y el fuego de las chimeneas era la única protección de sus habitantes contra el frío.

            En uno de los hogares, en una cama con cobijas delgadas, dormía Peter. Su padre trabajaba en un solario aclimatado junto al palacio, era el jardinero real y de vez en cuando llevaba a Peter y le enseñaba el oficio para crear un topiario digno de reyes. Su padre se esmeraba en recortar hasta el más pequeño desperfecto en cada obra. Podían pasar toda la tarde afinando el rostro verdoso de una escultura o cuidando las mil y un flores a las cuales el consejero real les tenía un particular afecto.

            A Peter no le interesaba la jardinería, sabía que sería su profesión en el futuro, pero gozaba acompañar a su padre debido a su intriga por la familia real.

            Los reyes de Mertir jamás habían sido vistos en el pueblo e incluso los siervos laborando a la afueras del palacio, cuestionaban sus paraderos y rumoreara de la muerte de sus amos por 30 días, antes del usual informe donde se presentaban la reina, el rey, la princesa y el consejero real. Los rumores se acallaban, el pueblo gozaba la belleza de la noble familia y Mertir regresaba a su aburrida vida usual.

            Un día, Peter recortaba un arbusto especialmente complicado. El chico vio una figura pequeña correr entre los matorrales y los rosales del solario. Peter se estremeció, pero aferró el agarré en el mango de la tijera y se acercó. Escuchó una risa aguda. Las plantas se movieron. Peter tragó saliva para aliviar el nudo en su garganta. Su mente repetía: ¡Peter, vete! ¡Da la vuelta y corre!

            —¡No!

Peter se adelantó decidido y al mover el rosal las espinas se incrustaron en su palma. El grito de Peter alteró a su padre, quien corrió a salvarlo.

            —¡Peter, Peter! ¿Estás bien?

             De su cintura, el padre de Peter, sacó un pañuelo sucio y envolvió la mano de su hijo.

            —Al menos no te rebanaste un dedo.

            El chico miró detrás del rosal mientras su padre guardando la tijera de podar en una bolsa de cuero. Al principio, Peter no vio nada, pero entre las gotas de su sangre encontró un dedo meñique mordisqueado. En ese instante el estómago de Peter regresó el desayuno que su madre había preparado esa mañana.

            El padre de Peter tomó el dedo y pensó que la mejor opción era platicarle al rey lo sucedido. Era poco usual molestar a la realeza y estaría rompiendo de menos ochenta reglas que el consejero impuso al contratar al abuelo de Peter.

Peter y su padre se colocaron los abrigos y salieron del solario. La ráfaga de aire congeló sus narices y cachetes. Peter esperó un momento frente a las puertas del palacio, se escondió detrás de las piernas de su padre y alzó el rostro.

Su padre estaba sudando, acomodó la camisa de lino debajo de la chaqueta, peinó su barba rubia, pasó las manos por los lados de su cabeza, recién recortados por la madre de Peter, y revisó que la cola de caballo estuviese bien ajustada.

 Al tocar las puertas hubo silencio. Pasó un tiempo considerable hasta que escucharon un manojo de llaves. Se abrió una de las hojas de la entrada sólo lo suficiente para dejar salir al consejero real.

—¿Jardinero? —dijo extrañado. —¿Cómo hoza molestar a la familia real?¿Jeremías cómo te atreves? Habla.

El padre de Peter bajó la cabeza.

—Disculpe, consejero. Jeremías era mi padre, yo soy Arturo.

            —¿Y su padre? —El consejero se irguió como si una capa de pesadumbre se desvaneciere de sus hombros.

            —Murió, mi señor, hace 30 años.

            —¿30 años? ¿Tanto tiempo ha pasado?

—Disculpe, mi señor. Mi padre me dijo que jamás debíamos molestar en el palacio, pero encontramos esto.

En cuanto el padre de Peter entregó el dedo mordisqueado al consejero, los ojos morados de este se encendieron.

            —Lo encontramos detrás de los rosales.

            —Muy bien, hizo un buen trabajo en traerlo. Arturo, deténgase. ¿A los cuantos años murió su padre?

            —62, mi señor. El año que la princesa cumplió 16. Espere. Eso no puede ser, pero si la princesa cumple 16 este año. Qué raro.

—¡Arturo! —La voz del consejero vibró y su mirada purpura inmovilizó al jardinero. —Debes estar confundido, eso sería tan extraño como la nieve en verano.

—Sí. —Las pupilas de Arturo perdieron todo color. —Tan extraño como la nieve en verano.

—Seguramente estaba pensando en la reina.

—Seguramente estaba pensando en la reina.

            —Revisaré esto, Arturo.

            —Es extraño, mi señor. Tengo el recuerdo tan real de enterrar a mi padre el día siguiente al cumpleaños de la princesa.

            —¡Arturo! —La tormenta de nieve alrededor del pueblo se detuvo. —Eso sería tan extraño como la nieve en verano.

            —Tan extraño como la nieve en verano.

            —No recuerda cuando murió su padre, fue hace tanto tiempo.

            —No recuerdo cuando murió… Mi señor, estoy mareado.

            —¡No recuerda cuando murió su padre, fue hace tanto tiempo!

            —No recuerdo cuando murió mi padre, fue hace tanto tiempo.

—Regrese a casa, jardinero. —El consejero vio a Peter de reojo. —Ahora que lo pienso. Deténgase. Creo que nunca tomamos el tiempo de conocerlo. ¿No es así? ¿Arturo? ¿Este es su hijo?

—Sí, mi señor. Peter.

—¿Y sabe ya el oficio de la jardinería?

            —Sí, mi señor.

            —Perfecto. ¿Arturo, necesitará venir esta noche y platicarles al rey y a la reina del acontecimiento de hoy?

            —Por supuesto, mi señor. Sería un placer ayudar a la familia real.

            —Son magníficos, ¿no lo cree?

            —Magníficos, mi señor. Mi esposa y yo asistimos cada informe para verlos, a veces creo que se casó conmigo por mi trabajo en el palacio.

            —¡Oh! Qué belleza, como si la misma reina los hubiera presentado.

            —¿Puedo traer a mi esposa, mi señor? Disculpe la osadía, siempre ha querido entrar al jardín, pero las reglas establecen que solamente puede venir el hijo que será mi sucesor en el puesto.

            El conserje bajó la mirada y posó su mano helada en la frente de Peter.

            —Será mejor que no lo haga, organizaremos una invitación cordial a su familia en el futuro, pero insisto, venga solo esta noche.

            Peter y su padre, tan sonriente como no se había visto en años, se dirigieron a casa. La madre de Peter los recibió y abrazó a su esposo tras escuchar la noticia. Cuando el reloj del centro del pueblo marcó las 9 de la noche, Arturo se arregló con su mejor atuendo. Su esposa y su hijo lo despidieron en la puerta y él volteó a ver a su familia, les dio una último adiós y se dirigió al palacio.

            A Peter, quien esa noche soñaba con un dedo mordisqueado, lo despertó el llanto en la cocina. Peter salió de su habitación. Su madre estaba sentada cerca de la mesa, la cara hinchada y las mejillas empapadas.

            —¿Ma?

            —¡Oh, Peter! Tu padre aún no regresa y ya casi amanece.

            Peter abrazó a su madre. Las lágrimas de ella traspasaron la playera y humedecieron la espalda de Peter.

Arturo nunca regresó. Esa mañana encontraron su cuerpo a pocos pasos del palacio con señales claras de acuchillamiento. Peter corrió hasta el lugar donde la gente se reunió para ver el crimen, pasó entre las piernas de la multitud y vio algo particular al llegar al centro de la escena. A pesar de que su padre contaba con heridas de cuchillo en el estómago, parecía 10 años más viejo y había en su oreja derecha un mordisco.

Más extraño aun fue el día siguiente cuando Peter despertó. Su madre se sentó junto a él y dijo:

—Tu padre se fue con otra mujer, Peter.

—Papá murió. —respondió confundido.

—Hijo, tu padre dejó esta carta.

Frente a Peter había una hoja con la caligrafía de su padre y entre las letras anunciando la partida había rastros de llanto.

—No.

—Nos abandonó.

Peter salió de casa descalzo y corrió por las calles con la nieve quemando sus pies a cada paso. No era consciente de por qué huía, pero sabía que al detenerse lo olvidaría todo.

No, no, no. Se repetía recordando el rostro viejo de su padre y la oreja mordisqueada.

Al fin el cansancio agotó sus piernas.

Peter se sentó bajo la ventana de la tienda y abrazó sus rodillas intentando no olvidar la última imagen de su padre, pero poco a poco el recuerdo se perdió en una bruma. Peter ya no veía los ojos abiertos y sin vida de Arturo, pero le ardía el pecho al pensar en el día que entró a casa y lo vio besando a una mujer pelirroja.

            —No es posible que dejara a su esposa e hijo. —dijo una voz femenina dentro del comercio.

            —Bueno, dicen que llevaba mucho tiempo llegando tarde, seguramente se enamoró de alguna moza del castillo.

            —Pobre familia. ¿De qué vivirán?

            —El niño Peter tendrá que empezar a trabajar como jardinero el día de mañana.

            —Pobre chico.

            Peter lloró y dejó que el dolor en su pecho creciera hasta que el olvido se apoderó de su mente.

—No sé cómo la familia real puede ser tan delgada y pedir esto diariamente. —dijo el pastelero del pueblo mientras arrastraba detrás de sí un carro de madera vacío que había llegado al palacio atiborrado de panecillos.

            —Llegaste temprano. —respondió Peter antes de entrar al solario.

            —No he dormido. Ayer por la noche el consejero mandó una carta solicitando el doble del pedido normal para el cumpleaños 16 de la princesa. ¿Vendrás con Meri?

—¿La familia real caga en mi baño?

—Peter, Peter. Eres cada vez más agresivo. Ven con Meri. Te la pasas en ese solario todo el día, con razón odias a la nobleza…

—No los odio, no los conozco y ellos a mí tampoco. Nada más.

—Como digas. Ya tengo que irme. Ve al informe y lleva a Meri, estar casada contigo debe ser pesado, así que diviértanse un poco.

            Nada de eso le importó a Peter. Ni su esposa, Meri, ni la anciana madre de Peter eran adeptas a los rituales y festejos de la nobleza y preferían cenar en silencio en la discreción de su hogar. Esa tarde, durante el informe, Peter decidió seguir trabajando en el solario un par de horas extras y así esperar a que el festejo terminara y las calles se despejaran.

A Peter lo distrajo un movimiento extraño detrás de los rosales. Fue algo familiar, por lo cual se acercó y movió las plantas con cuidado. En la pared había un hoyo por donde se alcanzaba a divisar el interior brillante del palacio y los muebles lujosos de la familia real.

            Peter se fijó que no hubiera nadie alrededor y escuchó a la gente aclamando a la princesa. Las piernas de Peter temblaron, pero se arremangó la camisa y entró por el hueco.

Una luz plateada lo iluminó todo. La imagen del palacio giró en espiral y disparos de colores penetraron en las pupilas de Peter. La piel del joven se calentó y electricidad entumió sus músculos. El rostro de Peter chocó contra el suelo. Tardó un momento en recuperar el equilibrio y poder enfocar nuevamente.

—¿Qué pasó? —se preguntó nervioso.

Estaba en el castillo, pero el lugar era todo lo contrario a lo que imaginó. La galería no estaba repleta de oro puro, el suelo estaba cubierto de polvo y los candelabros yacían rotos en las esquinas. Había un ambiente de secretos que perdían su misterio gracias a las antorchas en las paredes.  

Peter se acercó a los ventanales cubiertos por trapos parchados y al moverlos vio un prado en pleno verano. La calidez era nueva para él.

La entrada principal se abrió y sin saber qué hacer, Peter se escondió debajo de una mesa.  

El rey, la reina, la princesa y el consejero entraron. La imagen del consejero de desvaneció en una bruma verde y una ostentosa túnica con colores dorados apareció de la nada. Peter se quedó petrificado cuando el rostro del consejero se transformó en un cráneo coronado cuyas cuencas se iluminaban detrás de neblina morada.

El esqueleto tomó a la reina por el cuello y la levantó. A pesar del miedo, llamó la atención de Peter un anillo dorado en el dedo cadavérico.

—Estuvieron a punto de arruinarlo todo. —dijo la voz antigua del esqueleto.    

—Perdón, grandísimo mago. —respondió la reina aterrada. —No volveremos a decir una palabra fuera del guión.

Hubo risas agudas que estremecieron a Peter. El esqueleto soltó a la reina, acomodó su capa y musitó:

Val’Fi et Val’Fu carneos.

Un rayo verde se disparó hasta el pecho de la regente, quien cayó de rodillas con un golpe metálico. Un par de puertas se abrieron en la espalda de la reina y del interior salieron corriendo dos criaturas verdosas en llamas y los chillidos llenaron la atmosfera.

Val’Fi et Val’Fu carneos. —El fuego se detuvo. —Es un aviso, Val’Fi. Si tú y tú hermano fallan otra vez, no detendré el maleficio. ¿A caso debo recordarles a su hermano Val’Fo, gusanos?

El esqueleto sacó de su túnica una bola de cristal que contenía una miniatura exactamente igual a Mertir y la observó unos instantes.

—Tienen suerte de que los humanos sean tan crédulos. —El mago meneó el objeto y una nevada consumió al pueblo. —Ahora guarden los disfraces y no me molesten.

El esqueleto desapareció entre humo verde. El rey y la princesa se quedaron inmóviles y, al igual que la reina, sus espaldas se abrieron y emergieron cuatro criaturas más.

Gateando, con el corazón acelerado y sin entender lo que sucedía, Peter logró esconderse en un cuarto vacío.

Afuera las risotadas aumentaron. Peter se mantuvo en silencio y trató de entender lo que había visto, pero su cabeza y espíritu ardían al imaginar a la reina aclamada por su pueblo caer como una muñeca.

La curiosidad lo atacó y sacó un poco la cabeza para investigar. Talló sus ojos un par de veces. ¡Eran duendes! Orejas puntiagudas y dientes afilados. Los ojos eran alargados y del color de los pétalos podridos de un girasol. Vestían ropa de niño con arreglos de flores y su tamaño no era mayor al de un arbusto.

—¿De verdad haremos lo que dijo Val’Fi? —preguntó una duende.

—Sí, esta noche. Estoy harto de trabajar para la pila de huesos esa.

—Pero, ¿y los pasteles? En nuestros primeros 100 años jamás comimos tan delicioso. Val’Fe dice que tener una comida lista es siempre más agradable que cazar a un mocoso.

—Pero Val’Fe no entiende, Val’Ta. Comemos cuando queremos y lo que se nos da la gana. Además somos suficientes para matarlo y robarle el pueblo.

—¡Cállate! Si te escucha el mago nos van a cocinar a todos. ¿De veras ya no te acuerdas lo que le hizo a Val’Fo cuando se comió un niño de Mertir, Val’Tu?

—Por eso hay que seguir a Val’Fi. No podemos dejar que el esqueleto nos de órdenes. ¡Por el duende mayor! ¡Somos hijo del sol Val! Deberíamos ser los reyes. ¿Val’Fo mata a un niño y lo queman, pero el flaco ese nos puede mandar a matar al jardinero y no pasa nada?

A Peter le dolió la cabeza. Dio un paso atrás y la presión en su mente lo ensordeció. Trató de gritar pero su voz se atascó. Una serie de recuerdos violentos regresaron: el dedo mordido y a su padre curando su mano. De la nariz de Peter brotó sangre. El recuerdo de ver a su padre con otra mujer se perdió en la misma bruma que lo había cubierto y se formó la imagen de su padre envejecido y apuñalado, tirado en suelo con un mordisco en la oreja.

No, no, no. Peter se desplomó. El sudor en su cuello era frío y sus brazos temblaban.

No, no, no.

Peter se estaba asfixiando y arañó su rostro hasta dejar carne debajo de las uñas.

—Duendes, hay un intruso en el castillo. Tráiganmelo. —La voz tétrica recorrió todos los corredores del castillo.

Peter escuchó el susurro antiguo atravesar el viento y huyó. No quería saber nada más, quería regresar a casa, trabajar el jardín como siempre lo hizo y olvidarse de los rostros de los duendes. Al voltear, vio una cascada de duendes bajar de los techos y amontonarse tratando de atraparlo.  

Peter les rogó que se alejaran, pero lo duendes respondían con carcajadas y el castañear de sus dientes.

—¡Por favor, déjenme ir! ¡Perdón!

Las bocas alargadas sonrieron y los ojos amarillos reflejaron hambre. Peter logró encontrar el hueco, pero en cuanto se lanzó para alcanzarlo, cientos de manos lo jalaron. Peter no podía respirar entre la peste a su alrededor y la presión en su estómago. Trató de ver la luz de las antorchas pero la obscuridad aumentó. Trató de gritar, de respirar. Sintió mordidas en los brazos y un líquido cálido mojó su ropa. Las sombras lo consumieron todo y Peter cerró los ojos.

Peter se encontraba desmayado en una silla en la habitación del mago. Los duendes que lo dejaron ahí miraron con rencor al esqueleto y murmuraron un par de cosas antes de salir. El mago se encontraba tan emocionado de al fin tener en sus manos la solución a sus problemas, que no se percató de las espadas cortas de los duendes que colgaban del techo, ni del brillo amarillo escondido en los orificios de las paredes.

—Peter. —dijo el mago.

Peter reaccionó instantemente tratando de alejarse de la figura esquelética.

—Bebe esto, te relajará.

Le acercó un tarro con vino caliente. Peter estaba temblando, esperando todo fuera un sueño. Sus brazos estaban cubiertos por cicatrices en forma de mordidas y su cuerpo ardía. A pesar de su inseguridad ante el recipiente, al probar el vino no pudo más que tomarlo de un sorbo y al instante dejó de sentir dolor. 

            —Soy el rey Petros, soy un mago, Peter.

            El chico, que asemejaba a su difunto padre, seguía callado. El mago movió su palma y una nube verde cubrió su cráneo y su apariencia cambio al conocido rostro del consejero real.

            —¿Así es más fácil? Es impresionante ¿no? La magia. He pasado 300 años de mi vida estudiándola y he descubierto que aún no conozco ni el inicio de su poder.

            —¿C-c-cómo llegué aquí? —preguntó Peter relajado.

            —Esa no es realmente la pregunta, ambos sabemos que encontraste un hueco en el solario. ¿Ahora quién hizo el hueco? Los duendes, les gusta viajar entre el mundo real y Metir sin mi consentimiento.

            —¿El mundo real?

            El consejero sacó de su túnica la bola de cristal

—Esto es Mertir. Verás, hace mucho tiempo tuve que atrapar a mi pueblo en este recipiente, necesitaba alimento para mi magia.

            —¿Alimento? 

            —Sí, la magia requiere vida. Mertir es como la madera que necesita una chimenea.

—Déjeme ir, por favor. —A pesar de sentirse en calma el pecho de Peter se llenó de rabia. —¡Máteme!

            —¡Esas emociones!—El consejero tocó la frente de Peter. —Cómo extraño hablar con alguien que no sea un maldito duende. No puedo matarte, te necesito. Estoy atrapado, Peter, igual que tú. Hace mucho, trasferí mi alma a este anillo y fallé. Mi cuerpo quedó atado a este lugar y no puedo salir. Pero tal vez nos podríamos ayudar mutuamente. Si usaras mi anillo, nuestras almas se fusionarían en una y ambos podríamos salir de aquí.

            —Pero Mertir…

            —Ya no es real. Es un pueblo atrapado, yo te ofrezco vida eterna, conocimiento, magia, todo lo que podrías desear. Puedo incluso revivir a los muertos, Peter.

            —Mandó a matar a mi padre.

            —Oh, Peter. Tuve que hacerlo, algo en él estaba despertándolo. Pero si me ayudas, yo también te puedo ayudar.

            —Mi madre y Meri.

—No todos podemos vivir para siempre. La magia necesita vida, Mertir nos da la posibilidad de usar magia sin costo. La gente que vive ahí no sufre. El tiempo está inmóvil dentro de la esfera, ¿no te has preguntado por qué siempre es el cumpleaños de la princesa? Envejecen porque uso magia

            —Monstruo

            —No, para nada, Peter. Ustedes viven, se casan, tienen hijos y son felices.

—No es real

            —¿A caso tu amor por Meri es una mentira? ¿Por tu madre? Los observo constantemente y sé que son felices.

Peter dejó salir una carcajada y después su risa aumentó de volumen. Su mandíbula se trabó, pero no podía parar. Recordaba cada instante donde el dinero había hecho falta, el trabajo de cuidar los jardines, la enfermedad de su madre, casarse y sus amistades, todo atrapado en una bola de cristal sin destino. Todo bajo el mando de un dios esquelético que los usaba como alimento para desaparecer en una bruma verde.

            —¡Oh, Peter! —El consejero le mostro la esfera cristalina —Mertir puede ser tuyo, puedes regresar cuando quieras, ser el rey y casarte con Meri, salvar a tu madre.

La bola de cristal y el anillo resplandecieron frente a los ojos de Peter. El corazón de Peter se aceleró y lamió sus labios.

Un duende saltó del techo y cortó el brazo del consejero.

La mano se transformó en huesos al caer y la bola de cristal rodó. Los ojos de Peter miraron aterrados como el objeto chocó contra la pared y se hizo añicos. Peter jaló su cabello y lo desprendió dejando hilos de sangre bajando por su frente.

—¡Noooo! Estúpido. —El esqueleto sacó una espada reluciente y cortó la cabeza del duende.

La risa de Peter retumbó en las paredes por las que salían los duendes. El mago trató de acercarse a los restos de su mano, pero la horda de duendes lo tumbó y lo acuchilló una y otra vez.  

Peter se acercó a los pedazos de cristal en el piso y tomó los trozos de su pueblo. La nieve escurrió entre sus dedos y los alaridos destrozaron su garganta.

—¡Meri! ¡Mamá! ¡Noooo! ¿Dónde están? Alguien…

—¡Peter! Mi anillo.

Peter miró la sortija entre los restos de la mano esquelética. 

—Póntelo, si no lo haces jamás podrás verlas de nuevo.

En cuanto Peter se acercó a los huesos, los duendes lo atacaron. Peter se puso el anillo y una voz antigua en su mente rugió:

—¡Carneos!

Mientras Peter envejecía, una bruma verde se expandió y todos los duendes se encendieron. Los llantos de dolor lastimaron los tímpanos de Peter y él sintió la presencia antigua del mago consumir su vida y recorrer sus venas. Eventualmente Peter no era más que una voz en la mente de su cuerpo.

Esa es la historia, Uri. El cuerpo de Lily está cansado y su alma ya no quiere seguir. Míranos, las piernas mecánicas con las que estamos obligados a existir ya están oxidadas. Lily cumplió todos sus caprichos: su navío fue conocido en todo el mundo y su nombre alabado. Peter logró regresar el alma de su esposa y de su madre, formó una tribu, pero su descendencia se vio menguada y eventualmente pereció cuando Lily tomó el anillo. Uri, puedes tenerlo todo. Ponte el anillo y lo conseguiremos juntos. La felicidad que siempre soñaste por tu vida.

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