‒Te salió otra arruga, corazón.
Su mano helada toca el surco entre mi mejilla y mi ojo derecho. Ella inclina su cabeza y posa su mirada en mí. Parece que trata de memorizar la silueta de mi rostro, como si contara cada uno de mis lunares, cada mancha que el sol ha dejado en mi frente.
Respira profundo y cierra los ojos. Saborea mi aroma. No quiere olvidar mi esencia. En su sonrisa noto los deseo que vagan por su mente, sé que quisiera encontrar la forma de embotellar mi aroma, sé que de poder hacerlo guardaría el frasco en el bolsillo interno de su gabardina y antes del amanecer, su boca delgada tocaría el cristal helado y succionaría un poco. Produciría un sonido silencioso y eterno antes de saborear el borde de su labio con la punta de la lengua.
El sonido del piano nos arrulla. La noche nos cobija. La luna ilumina nuestra risa y la brisa del mar entumece mi cuerpo. Su mano joven se desliza desde mi hombro y se detiene al llegar a mis dedos.
‒Bailemos ‒murmura en mi oido.
Su voz vibra al salir de su boca, llega a mí en un segundo y me envuelve. La soledad no existe gracias a su tono, cada rincón del lugar parece solitario excepto de donde la admiro. La proa del barco esta desierta, la obscuridad se ha tragado la popa y unos cuantos focos iluminan los barandales de estribor, sin embargo la luz no es suficiente. La noche sigue siendo dueña de la atmósfera. La luna se esconde detrás de los nubarrones. Los balaustres del velero brillan y el océano refleja el agua en paz.
‒Esta noche no quiero bailar ‒respondo.
Ella suelta mi mano y con un movimiento de la cabeza pasa su melena oscura detrás de sus hombros. Sus dedos acarician el borde de su gabardina y la deja caer con una elegancia que solo puede pertenecer a ella. Sus hombros desnudos me llaman. Sin notarlo estoy apretando su cintura y damos vueltas al son de la música.
Estoy cansado. Las manos del pianista danzan entre las tecla y su cabeza se alza apasionada. La canción salé de los dedos del músico, golpea la madera de su instrumento y retumba en mi pecho con un cálido toque.
Reímos. Le doy una vuelta y grita emocionada. Su alegría enciende sus ojos negros y esconde su sonrisa detrás de un par de labios delgados. Huele a una flor extraña, una que se da sólo en indonesia, bunga bankai.
El mar aumenta su movimiento y los nubarrones del cielo amenazan con dejar caer una tormenta. Ya no le tengo miedo a la muerte. A su lado mis terrores mortales son una tontería. La luna se esconde en el horizonte y un trueno resuena a la distancia.
‒Ya casi amanece ‒susurró en su oído.
‒¿Cuantos anocheceres crees que te queden conmigo?
‒Nunca los suficientes ‒respondo encorvado.
La sigo hasta nuestro camarote y al abrir la puerta se desliza fuera de su vestido con gracia. Se acerca a mí y desabrocha los botones de mi camisa. Me desnuda en un segundo y su mano termina peinando mi cabello blanco. Se acerca a mi boca y me da un beso que no dura un segundo, pero le da a mi alma la energía de un joven. Ella baja con lentitud a mi barbilla, cada beso deja una marca hirviendo en mi piel y ella saborea la poca vida que me queda.
Sus colmillos se insertan en mi cuello. Es un beso de buenas noches. Me debilito en sus brazos y sonrío al ver su pecho subir y bajar contra el mío. Es una historia de amor, para mí la única y para ella una más en su existencia.
El barco se menea y caigo contra la mesa de madera. Me levanta sin esfuerzo alguno y limpia las astillas de mi espalda. Me mira preocupada. Acerco mis brazos a su cintura y beso su frente. Ella sigue su festín debajo de mi mentón.
Mis manos suben a su espalda. Mi puño aprieta un pedazo de madera. Ella suspira y aleja su rostro de mi cuello. No puede creerlo. Sus ojos dejan de ser oscuros y se vuelven verdes. Su piel adquiere color y sus labios, bordeados con mi sangre enrojecen.
No es necesaria ninguna palabra. Me besa por última vez. Su rostro se quiebra como si estuviera hecho de arena. Sus labios se juntan y cierra los ojos. No quedaba más que un amanecer. La mano fría de la muerte acaricia mi espalda. Era mi última noche. Ambos lo sabíamos. Ahora ambos también descansaremos. Al fin dormirá. Puedo sentir su respiración por primera vez, puedo sentir el calor de su cuerpo. Sus besos ya no saben a hierro.
Ya no huele a bunga bangkai, la flor de la muerte, ahora huele a… dalias a finales del otoño. Entre mis manos se deslizan partículas de polvo y sin darme cuenta estoy parado abrazando el aire con una montaña de cenizas ante mis pies.
