‒Ya escucho los sonidos del pueblo ‒dijo Marín con una sonrisa cubierta de tierra ‒. Tenías razón, Joan.
Habíamos viajado cerca de cuatro días inmersos en la selva. Mis botas estaban llenas de barro, tenía insectos muertos pegados a la piel y otros más entre la ropa. Había una capa de arena y suciedad recubriendo mi frente y brazos. Al fin los tres podríamos sentarnos cerca de un fuego, lejos de la oscuridad del manto de la selva. Tenía tres días que el grupo no veía el sol ya que las hojas de los árboles eran tan grandes que cubrían el cielo, eran tan anchas que si hubiera intentado abrazarlas con los brazos extendidos no hubieran podido alcanzar ni siquiera a cubrir la mitad de su circunferencia. Y los sonidos, estaba harta de escuchar el constante zumbido de insectos que podría traer consigo alguna fiebre terrible o del sonido de las hojas moverse ante fantasmas o creaturas demasiado rápidas o pequeñas. El rugir felinos a la distancia era suficiente para hacernos cambiar de dirección y para colmo el agua con la que rellené mi cantimplora sabía a heces y cenizas.
Todo valía la pena. Llagaríamos a un pueblo que no estaba en los mapas, que no existía para el mundo. Todo valdría la pena mamá, pensé. Recuerdo cuando íbamos en un viaje en avión de Francia a México para visitar a mis abuelos. Me había recargado en el asiento del avión, miré por la ventanilla y ahí estaba un pueblo reluciente. Le pregunté a mi madre que lugar era ese y contestó:
‒Algún pueblo perdido, hija.
‒ Perdido ‒repetí con una sonrisa.
Esas palabras cambiaron mi vida, significaba que todavía existían lugares pos descubrir, el pequeño mundo que cabe en las pantallas de la televisión todavía no está completamente descubierto. Desde ese día dedique toda mi vida a buscar ese lugar, estudié todos los bosques, todas las vías aéreas y era verdad, ese pueblo estaba perdido. Ningún explorador lo había encontrado, por eso yo sería la primera.
Marín usó su machete para cortar un par de ramas que impedía el paso y con su mano movió una gran hoja que nos tapaba la vista.
‒¡Ahí está! ‒exclamé ‒. El pueblo perdido de mi infancia, al fin lo encontré.
La tierra se tambaleó, nos aferramos de los árboles, un destello y la luz del sol se opacó como si hubiera llegado el anochecer en un segundo. Se escuchó un ruido, la unión del gruñido de un oso combinado con un grito agudo. Había hielo en mi pecho, mi sudor se tornó frío y recorrió mi espalda como si fuera agonía liquida. Me aferré al tronco de un árbol, mis uñas crujieron amenazando con romperse, pero soltarme del árbol, entre el temblor, los sonido y la oscuridad alrededor de nosotros mi cuerpo se negaba a escucharme. Eran algo que jamás había sentido ni en las historias más oscuras que me había contado mi abuelo.
La oscuridad se apartó en un remolino y el sonido paró en un instante.
‒¿Están bien? ‒cuestionó Alexander.
Lo miré extrañada. Se acercó a mí y repitió, esta vez solo para mis oídos.
‒ ¿Estas bien, Joan?
El mundo había cambiado.
‒Sí ‒respondí.
Alexander me tomó en sus brazos y me tranquilizó dándome un beso en la frente.
‒¿Todo bien, Marín? ‒preguntó Alex.
‒ Si ‒contestó Marín acomodándose la mochila en su hombro ‒. ¿Qué fue eso?
Su pregunta no era dirigida a ninguno de nosotros pues nadie sabía la respuesta. No parecía haber sido algo natural, ni humano y eso… me aterraba. Nadie quiso ahondar en el tema, hicimos lo que hace un niño pequeño para darle sentido a lo aterrador, como cuando estás solo en casa y escuchas un crujido en las escaleras; te obligas a creer que el frío ocasionó tales sonidos porque la única otra explicación es que no estás solo. Si hay algo más aterrador que la soledad, es la compañía de algo que no comprendes.
Al entrar al pueblo la gente se quedó mirándonos extrañada. Marín se acercó e intentó comunicarse con ellos. Al poco tiempo regresó con la mano en la cabeza y curveando los labios, era un rasgo característico de él que le hacía lucir un tanto más guapo. Sus ojos tenían un brillo especial que me tranquilizaba y me hacía sonreír. Me tomó por sorpresa comenzar a pensar en él de esa manera y miré a Alexander con miedo de que pudiera leer mi mente.
‒Creo que dicen que vayamos.
Los tres caminamos hacía la multitud que se había formado en el centro del pueblo, el cual constaba de unas quince casa de madera cubiertas de hojas de palma. En medio del pueblo había una hoguera, cuyo fuego mantenía el lugar entero acalorado, sobre la hoguera había palos donde ponían animales recién cazado, por el momento tenían empalados a un tigre y a un búfalo, ambos cubiertos con un líquido espeso y llenos de hierbas.
Detrás de la hoguera había algo parecido a un tótem blanco de unos diez metros, en la parte baja se encontraban rostros con similitudes fisiológicas a las personas del pueblo, arriba había talladas las caras de un hombre y una mujer y la cima el comienzo de una creatura, pero el tótem terminaba abruptamente con claras señales de estar quebrado.
La gente nos abrió paso hasta la única casa adornada del pueblo, las paredes estaban pintadas con imágenes pintadas con sangre y pinturas de aceite natural. Un escalofrío recorrió mi espalda al darme cuenta que el tótem, que ahora se alzaba como un obelisco frente a nosotros era de hueso. Los ojos de ambos, Alex y Marín se iluminaron al ver que al fondo del pueblo se alzaba una pirámide cubierta por enredaderas.
‒ ¿Te lograste comunicar con ellos? ‒pregunté a Marín.
‒Algo así ‒contestó ‒. Parece que entienden lo que yo digo, pero su idioma es una combinación de otros idiomas y hablan tres o cuatro personas al unísono. Me dijeron algo así como que nos esperaban, pero que no somos realmente nosotros. No logro entender muy bien. Se supone que llamarían a él “akamai”.
‒ Al sabio ‒dije para mí misma.
Marín se me quedó viendo extrañado.
‒Es hawaiano ‒expliqué ‒. Así es, sé español, francés y hawaiano, mi hermano se mudó allá.
Era una conversación extrañamente familiar como si la hubiéramos tenido antes, años atrás. Pero ¿por qué habría de haberle contado eso al mejor amigo de Alexander? Traté de recordar el momento específico, pero mi mente estaba nublada. Lo recordaba en los pasillos de la universidad, siempre acompañado de Alex. Siempre salían juntos, me parece que incluso estaba en nuestra primera cita. No sé porque lo invitamos a este viaje, recuerdo que lo había planeado con Alex, era nuestro viaje de investigación para titularnos del doctorado, ¿pero por qué no vinimos solos? Me comenzó a doler la cabeza.
Entre mis recuerdos apareció aquel día en que Alex me dijo que desde que eran niños él y Marín tenían planeado hacer un viaje de investigación para encontrar un tesoro en alguna ruina. Ahora todo tenía más sentido. Ambos querían dedicarse a la arqueología para buscar tesoros. Éramos un grupo de cazadores de tesoros. A mí me encantaban las ruinas y las sociedades antiguas, en cuanto Alexander, él siempre quiso encontrar tesoros igual que Marín, aunque tenía el vago presentimiento que lo que él amaba eran las lenguas muertas, lo imaginaba leyendo junto a una chimenea algún libro en latín. Incluso ahora podía ver un destello en su sonrisa cuando hablaba de esta nueva lengua extraña. A pesar de todo ello, los recuerdos me eran extraños, como si le hubieran sucedido a otra persona.
Acerqué mi mano al brazo de Marín, el toque era sensible, su piel era suave.
‒ ¿Te dijeron el nombre del pueblo? ‒pregunté.
Él quedó pasmado. Parpadeo unas cuantas veces como si saliera de un sueño y se quedó mirando mis labios.
‒ Soajela ‒carraspeó y comenzó a caminar más aprisa.
La gente del pueblo se quedó callada y nos miró fijamente. Vestían guantes y un tipo arcaico de chanclas. Les colgaba una capa de dos aretes que tenían enterrados en el cuello, el resto de su cuerpo estaba desnudo, con escarificaciones geométricas en el tórax, las piernas y la cara. De la casa adornada surgió un hombre viejo con cabello largo que caminaba con dos bastones de madera tallados con la forma del tótem. Detrás de él había dos hombres y dos mujeres con lanzas y escudos. Los cuatro tenían mismo símbolo en el pecho.
‒Die est akamai apó to chorió, Opa Hamia ‒dijo el viejo junto a las cuatro personas a sus espaldas.
Logramos comprender solo algunas cosas que Opa Hamia nos dijo. Esa noche nos dieron permiso de dormir en una pequeña cabaña. Cuando la luna estaba rectamente sobre la pirámide, escuchamos el sonido rítmico de los tambores soajeleanos alrededor del pueblo. Para nuestra sorpresa, la gente del pueblo había decidido tener un festín en nuestro honor. Nos sentaron en cojines gruesos de piel de tigre y bailaron alrededor de la hoguera. Danzaron en parejas y se besaron entre ellos sin importar su sexo ni su edad. Le tomé la mano a Alexander y noté una expresión de ausencia. Me recargué en su hombro y vi esta bella danza, este pueblo perdido en el mundo, con una religión propia, una cultura solitaria a la que, por habérsele negado la interacción con otras, creció solitaria y por lo tanto con una identidad única.
‒¿No se te hace increíble su singularidad? ‒pregunté a Alexander.
‒Están estancados, tienen una civilización aparte, me disgusta un poco sus ritos y el aliento les huele a estiércol ‒respondió.
‒¿Qué pasa? ‒cuestioné ‒. Pensé que estarías contento de que al fin llegamos, no has hecho más que quejarte durante el caminó y ahora que estamos aquí y tuvimos la suerte de poder hacer contacto, los criticamos como si fueran bestias.
‒¿Y no lo son, Joan? ‒preguntó ‒. Saqué un tenedor para comer y me miraron como si le hubiera sacado una computadora a Sócrates, comen con las manos y arrancan la carne con los dientes. Son unos salvajes, se cubren todo menos los genitales. Se les ven ladillas, Joan. Cuelgan capas de su cuello. ¿Dime cómo es eso funcional en cualquier sentido?
‒Ni siquiera hemos hablado con ellos ‒contesté‒. Hablan otro idioma, pero entienden el nuestro, su idioma es mezcla de otras culturas, podríamos estar presentes ante la lengua original, este podría ser el lugar donde surgió el lenguaje. ¿Tienes idea de todo lo que podemos aprender? Le dijeron a Marín que la pirámide detrás del pueblo es un lugar al que nadie ha ido, podemos tener contacto con una cultura completamente nueva y distinta a la nuestra, ¿no te emociona?
Marín, quien se había levantado y había ido a platicar con Opa Hamia, ahora bailaba alrededor del fuego, saltando y bebiendo aguardiente de un jarrón grande que pasaban alrededor de la fogata. Se acercó a nosotros y estiró su mano hacia a mí.
‒Quita esa cara mi Alex Arrieta, es sólo un baile ‒bromeó y agrego antes de irnos ‒. Oye, me dijo Opa Hamia que la pirámide de Dammalun guarda un tesoro que ningún humano es capaz de imaginar. ¡Vamos a ser ricos!
Durante el baile con Marín miré a Alex sentado solitario. Había una tristeza en su rostro y cuando el viento movía las flamas e iluminaba su semblante, veía una furia secreta en su pupila.
Cuando regresamos a la cabaña, Alex se quedó parado bajo el marco de la puerta y miró a Marín con dientes casi rechinando. Tomé su brazo y fue como si la oscuridad se levantara. Hizo una sonrisa triste y cuando estuvimos solos me pidió que nunca lo dejara y yo solo pude decirle que jamás lo haría, que él era el amor de mi vida.
La mañana siguiente nos levantamos poco antes que el sol para no encontrarnos con la gente del pueblo y nos preparamos para ir a las ruinas. Una expedición de investigación para mí, una oportunidad de tesoros para Marín y Alex.
Antes de salir de Soajela, un hombre se acercó a nosotros, se colgó de Alex y dijo:
‒Esý le malo.
Con un susurro, sus ojos de achicaron y luego se expandieron como lo hace una explosión.
‒¡Esý le MALO! ¡ESÝ LE MALO! ¡ESÝ LE MALO!
Apretó los labios, le vibraba el pómulo y salivaba con cada letra. Marín lo jaló para separarlo de Alex, el hombre apretó más sus labios hasta que sangre surgió de ellos. Nos alejamos para evitar despertar al resto del pueblo. El hombre intento gritar desde el suelo y escupió su labio inferior en la tierra, la sangre humedeció las piedras y su pecho pálido se tiño de carmín.
Abracé a Alex y le pregunte si estaba bien.
‒Y tu defiendes a estas creaturas.
Había orgullo en su mirada, orgullosa furia que quemaba su rostro. Subimos entre los árboles enormes por dos horas. Parábamos a tomar un poco de agua cada media hora y a descansar. Intentaba acercarme a Alex y su mirada me alejaba nuevamente.
‒¿Por qué bailaste con él? ‒preguntó al fin en uno de esos altos mientras Marín iba al baño.
‒ Alex, es algo que siempre ha pasado y jamás te había molestado ‒dije ‒. Pensé que odiabas bailar.
Se acercó a mí y me susurro:
‒¿Estás segura que siempre había pasado? ¿No sientes algo extraño en tu mente? ¿Nublada?
Mis ojos se transformaron en canicas. Sí, cada que pensaba en mi pasado sentía un malestar y me costaba trabajo recordar ciertos momentos. Alexander se tapó la boca con la mano y continuó:
‒También lo has sentido, ¿eh? No había querido decir nada porque al principio pensé que era el cansancio, pero cuando te fuiste a bailar con él, sentí una molestia y al mismo tiempo recordé que eso siempre ha pasado y que no tenía razón para enojarme, pero intenté recordar más de mi pasado y sentí una barrera que me bloqueó por completo, solo recuerdo desde que llegamos a Soajela.
La tierra retumbó de nuevo, Alex y yo nos aferramos. El mismo grito agudo en combinación con un gutural de un oso. El destello, la oscuridad. El sonido constante. La opacidad del cielo, el silencio, la luz regresando, la calma y al fin de nuevo el sonido de los insectos, el aire pasar por las hojas.
Marín regresó, con la mano en el pecho.
‒¿Estás bien, Joan? ‒preguntó.
‒¿Por qué me preguntas a mí? ‒contesté mirando de reojo a Alex.
‒Está bien‒masculló Alex, se levantó y seguimos caminando a la ruinas.
Ya no quería ir, sentía un peso oscuro en mis hombros. A pesar de saber y de sentir en el tuétano de mis huesos que quería huir, mis músculos seguían dando pasos, no reaccionaban a mi emoción de huir, y ahora que Alex me había dicho que su mente no era como antes, todo se tornaba más atemorizante, pues no era yo solamente, no era cansancio, era algo más. Había algo que al mismo tiempo me atraía a la pirámide y me aterrorizaba. Ahora lo pienso y no éramos más que simples insectos en una noche calurosa atraídos a una luz que nos mataría.
‒Deberíamos avanzar más rápido para poder regresar antes de que oscurezca ‒dijo Arturia.
Alexander la miró de reojo. Siempre odie como la veía, con su cabello hermoso y su mirada inocente.
‒Tienes razón ‒contestó Alex ‒. De haberte escuchado en la selva, antes de llegar a Soajela, no nos hubiéramos perdido. Queda poca distancia, si no descansamos estaremos ahí en 40 minutos.
‒Tal vez deberíamos regresar ‒propuso Marín.
Alexander se acercó a él y le dijo que no podíamos darnos por vencidos.
‒Recuerda el tesoro ‒dijo ‒. Después de esto podríamos ser ricos.
Ese había sido su sueño toda su vida, Alexander solía contarme que cuando eran chicos él, Marín y la hermana de Marín, Arturia, jugaban a ser arqueólogos y a ser cazadores de tesoros. Me hubiera encantado conocerlos. Mi cabeza comenzó a doler y dejé de pensar en el pasado y me enfoqué en nuestra tarea actual, llegar a la pirámide de Dammalun.
Tardamos un poco más del tiempo estimado. Para cuando llegamos, la pirámide parecía iluminarse con el sol. El aire alrededor era pesado. En las piedras de la pirámide crecían lianas, hiedras y plantas color morado. Había algo que te hacía relajarte al mirarla, el silencio, no se escuchaba el volar de los insectos, ni el aire atravesar las hojas. Nos acercamos con precaución, cada paso se hacía más difícil, cada segundo se sentía más pesado que el anterior. Mi espalda se curveó y veía pequeñas manchas borrosas.
‒Chicos, de verdad creo que deberíamos regresar, Opa Hamia me dijo que no viniéramos aquí.
‒ ¿Por qué no nos lo dijiste? ‒reclamé.
‒Por supuesto que se los dije, cuando Arturia se paró a bailar con nosotros se los mencioné, incluso se lo dije a Alex.
No recordaba ninguno de esos momentos, pero recordaba bailar con ny Marín.
‒No importa ‒dijo Arturia ‒. Miren, entremos y si escuchamos algo extraño, algún animal o que se puede caer la pirámide, salimos y regresamos al pueblo.
‒Me parece una buena idea ‒intervino Alexander ‒. Marín, ahí adentro podría estar esperando la fortuna que tanto hemos deseado. Joan, cuanto podrías aprender si encontramos algún jeroglífico, que tal si es la tumba de algún rey antiguo.
Tragué un poco de saliva y respiré profundo.
‒Está bien ‒dije ‒. Necesitamos un par de palos largos para checar el piso y las paredes, todas las tumbas tienen trampas, tal vez algunas sigan activas.
‒Marín, a tu lado hay una rama larga ‒señaló Alexander.
Marín la tomó, todavía hesitando ante el hecho de entrar. Me miró, le sonreí, Alexander nos miró y en sus ojos renació la furia de la fogata del día anterior. Nos acercamos a la puerta, donde una línea blanca cruzaba debajo de la entrada.
Toqué las piedras arenosas y me olí la mano. Toda la pirámide estaba cubierta de blanco. Alexander se acercó mí.
‒Es sal ‒dije.
Bajé la cabeza y vi que mi pie estaba en la línea de sal.
‒ Tal vez la sal que resbala del marco de la entrada formó la línea ‒dijo.
Al quitar el pie, no pude evitar romper la línea. Prendimos nuestras lámparas y nos adentramos en la oscuridad con Alexander y Marín utilizando dos ramas para tocar alrededor. Caminamos lentamente, algunas de las trampas ya habían sido activadas y veíamos sangre en alrededor de donde habían salido picos o había caído un cubo de piedra, pero no había ningún cuerpo, ni huesos, ni ropa que hubieran dejado atrás los exploradores anteriores.
Llegamos a una división y jalé la manga de Alex como una niña pequeña.
‒Alex, no tengo un buen presentimiento de esto ‒dije.
‒Tal vez te gustaría irte con mi hermano ‒objetó Arturia.
Sus ojos brillaron con la luz de mi linterna.
‒Alex… ‒ alcancé a susurrar antes de que mascullara que el iría a la izquierda y nos ordenara que nos fuéramos a la derecha.
‒¡Alex! ‒grite, mi voz retumbó en la oscuridad y la luz de Alex comenzó a perderse en la lejanía.
‒¿Por qué hiciste eso, Arturia? ‒cuestioné.
‒Como si te importara ‒replicó ella ‒. No creas que no he visto como miras a mi hermano, pobre de Alex, deberías dejarlos en paz a los dos.
Le solté una cachetada y salí corriendo detrás de Alex cuya luz ya era casi una luciérnaga. Alcance a escuchar la voz de Marín gritar mi nombre a mis espaldas y decidí ignorarla. Perseguí la luciérnaga, el punto de luz que luchaba por alejarse. Pasé tres encrucijadas más, subí por unas escaleras y bajé por otras. Seguí corriendo esperando que la luz se hiciera más grande hasta convertirse en la linterna de Alexander, pero al llegar quedé petrificada. Había pasado de largo el punto luminoso. Miré a mis espaldas, realmente estaba persiguiendo una pequeña luciérnaga prendiendo y apagando su luz. Di un paso atrás buscando a Alexander.
‒¡Alex!
Mi gritó resonó en las paredes y una vez que despareció el sonido nuevamente se escuchó mi gritó, pero esta vez provenía de la luciérnaga. Mi lámpara cayó al suelo y mis manos fueron inconscientemente a mis labios para asegurarme de que estaban cerrados.
‒ ¡Alex! ‒gritó la luciérnaga.
Mis labios estaban cerrados.
‒¡Alex!
Los apreté. Sentía el dolor en mi piel de la presión y sin embargo seguía escuchando mi voz gritar el nombre de Alexander una y otra vez. Corrí en la oscuridad tratando de encontrar a Alex, a Marín y a Arturia. Gritaba su nombre y escuchaba el eco de la luciérnaga repetir mis palabras. Daba vueltas y vueltas, bajaba y subía una y otra vez giraba a la derecha intentando regresar.
Un nuevo grito partió la atmosfera, la voz de Marín diciendo el nombre de Arturia. Seguí el sonido, grité su nombre hasta que al fin vi la luz de su linterna en el piso y a él arrodillado sosteniendo la mano de Arturia. El haz de luz iluminaba hasta al codo, di un paso más y Marín me miró con los ojos completamente abiertos y rojos, lagrimas bajando por sus mejillas y una embarrada de sangre en su cara. Me acerqué más a la luz y noté que no había nada más allá del codo de Arturia. Marín alzó el brazo inerte, líneas de sangre caían en la tierra. Mi boca se puso seca, mis latidos se detuvieron.
Di un paso atrás y sentí algo entre mis piernas, al bajar la mirada vi una bota delgada entre las mías, mi instinto me dijo que corriera, pero mis piernas no me respondieron. Ahí debajo de mí descansaba la pierna de Arturia, solamente su pierna. Cuando alcé la mirada me di cuenta que no había visto toda la sangre en la pared que alumbraba la linterna de Marín.
Marín y yo escuchamos un par de garras arrastrarse sobre la roca, lentamente, seguidas del gutural sonido del oso unido al grito agudo que habíamos escuchado al llegar a Soajela y al llegar a Dammalun.
Marín tomó su linterna, me agarró de la mano y huyó. Sus lágrimas me golpearon por el movimiento, su mano se me resbalaba por la sangre. Una puerta se abrió, un destello dorado surgió de adentro de la habitación y vimos la figura de Alex con brazos abiertos celebrando enfrente de un tesoro dorado, una montaña de oro.
‒¡Alex! Tenemos que salir de aquí‒gritamos, pero no hubo respuesta.
‒¡Alex! ‒repetí.
El aullido agudo se escuchó a nuestras espaldas, al igual que el sonido de las garras y vimos una creatura gris saltar hacia nosotros. Marín me empujó al interior de la habitación y al caer resonó una puerta de piedra que selló la salida.
Marín intentó abrir la puerta, la golpeó una y otra vez hasta que sus puños sangraron. Me acerqué a Alex, le toqué el hombro y él dio un saltó como si ignorara mi presencia.
‒Alexander… ‒dijo una voz proveniente de las paredes, un sonido chirriante y casi inaudible, ancestral, más antigua que la pirámide y las rocas con las que estaba hecha.
‒Todas las riquezas que has soñado ‒susurró la voz ‒. A cambio solo pido que sacrifiques a uno de los que te ha traicionado. A él, tu mejor amigo que amaba silenciosamente a tu amada. O a ella que en silencio imagina estar con tu mejor amigo. Tomad el cuchillo de oro, solo dos podrán salir, o ninguno lo hará. Saldrás siendo rico o te quedarás para siempre.
‒Alex… ‒susurré mientras ponía distancia entre ambos.
‒ Te he amado tanto tiempo, que ni en mis sueños podría matarte ‒dijo acercándose a Marín.
‒Alex, es tu mejor amigo.
Marín volteó a vernos y se recargo en la pared de piedra, se deslizó hasta el piso y posó sus manos ensangrentadas en su rostro.
‒Sobrevivan… ‒balbuceó ‒. Arturia no era real, no era real.
Al escuchar estas palabras recordé a Arturia aparecer de la nada en la mitad de nuestro trayecto a la pirámide. Mi menté no podía con esto, me estaba volviendo loca. La había visto, había sentido su pierna entre las mías, había visto el brazo en las manos de Marín, todavía podía ver la sangre en la cara de él y en mis manos. El silencio reinó sobre nosotros, sobre el oro, sobre la sangre. Marín soltó una risa débil que se convirtió en una carcajada repleta de locura y terminó llorando.
‒No era real, Marín ‒le dije.
‒Pero todavía la recuerdo ‒dijo ‒. Recuerdo tener una hermana, recuerdo la sensación de verla morir, recuerdo… amarla.
Marín se levantó de un salto y atacó a Alexander. Rodaron hasta la montaña de oro golpeándose el uno al otro, ignorando mis ruegos por que se detuvieran. Marín lo golpeaba y gritaba:
‒¡Mátame! ¡Mátame! ¡Sobrevivan!
El cuchillo calló de la montaña de oro, lejos de ambos, por eso cuando Alexander giró y puso a Marín contra el suelo, tomó una copa de oro y con ella golpeó repetidamente la cabeza de Marín.
Mi corazón se quebró. Se escuchó un crujido y luego silencio. Un golpe seco. Silencio de nuevo. Otro golpe y el sonido se volvió suave como si golpeara una fruta blanda y jugosa. Mis rodillas se estrellaron en el piso. La luz del oro era tan brillante, tan fuerte que solamente alcanzaba a ver la silueta negra de ellos, de él. Su mano alzándose y quedándose inmóvil unos instantes en el aire antes de bajar con fuerza.
Soltó el arma homicida y esta giró hasta llegar a mis piernas. El cáliz de oro ensangrentado se detuvo frente a mí y se burló de mi suerte. Alexander se levantó, su ojos eran rubíes, sus dientes pepitas de oro. Se acercó a la pila de tesoros y en cuanto su mano toco la montaña una luz cegadora iluminó el cuarto. Su boca desapareció. Hacía los ademanes de pedir ayuda, pero de él no surgía el menor sonido más que el de su mano golpeando contra su rostro. Sus ojos comenzaron a desaparecer, se movía como si un millar de hormigas le mordiera el cuerpo.
La pila de oro se tambaleó y de ella surgió un ente enorme y brillante. Estaba ahogada en mis gritos, comencé a rasgar mi propio rostro al sentir que mi mente se quebraba y no podía asimilar las imágenes que sucedían frente a mis ojos. El ente siguió creciendo, la pirámide comenzó a colapsar. El sol, en pleno atardecer, se coló por lo huecos que la espalda y la cabeza de la creatura habían hecho.
Me hice para atrás y me escondí de los ojos negros del monstruo. Solía podía imaginar ese par de abismos posándose en mí y sus garras partiéndome el cuerpo. Sin embargo el monstruo no me miró, ni siquiera le importó mi presencia. Se estiró y el resto de la pirámide sucumbió ante él. Le faltaba una pierna, una larga pierna de las diez que tenía. Salió de las ruinas y me dejo atrás entre las rocas. Yo era nada. Miré alrededor. El cuerpo de Alexander había desaparecido, pero la cara destrozada de Marín estaba frene a mí. Sus sesos había quedado aplastados en el suelo y el mi mano relucía el cáliz ensangrentado. No recuerdo cuando conocí a Alexander, pero recuerdo haberlo amado, recuerdo nuestra boda en la playa y la luna de miel en el Amazonas. Recuerdo también a Marín leyendo junta a la chimenea…
Ya escucho los sonidos del pueblo quemarse a la distancia, los gritos, los ruegos por piedad en distintos idiomas. Luego vino la niebla y luego el silencio eterno.
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‒Ya escucho los sonidos del pueblo ‒dijo Marín con una sonrisa cubierta de
tierra ‒. Tenías razón, Joan.
Habíamos viajado cerca de cuatro días inmersos en la selva. Mis botas
estaban llenas de barro, tenía insectos muertos pegados a la piel y otros más
entre la ropa. Había una capa de arena y suciedad recubriendo mi frente y
brazos. Al fin los tres podríamos sentarnos cerca de un fuego, lejos de la
oscuridad del manto de la selva. Tenía tres días que el grupo no veía el sol ya
que las hojas de los árboles eran tan grandes que cubrían el cielo, eran tan
anchas que si hubiera intentado abrazarlas con los brazos extendidos no
hubieran podido alcanzar ni siquiera a cubrir la mitad de su circunferencia. Y
los sonidos, estaba harta de escuchar el constante zumbido de insectos que
podría traer consigo alguna fiebre terrible o del sonido de las hojas moverse
ante fantasmas o creaturas demasiado rápidas o pequeñas. El rugir felinos a la
distancia era suficiente para hacernos cambiar de dirección y para colmo el
agua con la que rellené mi cantimplora sabía a heces y cenizas.
Todo valía la pena. Llagaríamos a un pueblo que no estaba en los mapas, que
no existía para el mundo. Todo valdría la pena mamá, pensé. Recuerdo
cuando íbamos en un viaje en avión de Francia a México para visitar a mis
abuelos. Me había recargado en el asiento del avión, miré por la ventanilla y
ahí estaba un pueblo reluciente. Le pregunté a mi madre que lugar era ese y
contestó:
‒Algún pueblo perdido, hija.
‒ Perdido ‒repetí con una sonrisa.
Esas palabras cambiaron mi vida, significaba que todavía existían lugares
pos descubrir, el pequeño mundo que cabe en las pantallas de la televisión
todavía no está completamente descubierto. Desde ese día dedique toda mi vida a
buscar ese lugar, estudié todos los bosques, todas las vías aéreas y era
verdad, ese pueblo estaba perdido. Ningún explorador lo había encontrado, por
eso yo sería la primera.
Marín usó su machete para cortar un par de ramas que impedía el paso y con
su mano movió una gran hoja que nos tapaba la vista.
‒¡Ahí está! ‒exclamé ‒. El pueblo perdido de mi infancia, al fin lo
encontré.
La tierra se tambaleó, nos aferramos de los árboles, un destello y la luz
del sol se opacó como si hubiera llegado el anochecer en un segundo. Se escuchó
un ruido, la unión del gruñido de un oso combinado con un grito agudo. Había
hielo en mi pecho, mi sudor se tornó frío y recorrió mi espalda como si fuera
agonía liquida. Me aferré al tronco de un árbol, mis uñas crujieron
amenazando con romperse, pero soltarme del árbol, entre el temblor, los sonido
y la oscuridad alrededor de nosotros mi cuerpo se negaba a escucharme. Eran
algo que jamás había sentido ni en las historias más oscuras que me había
contado mi abuelo.
La oscuridad se apartó en un remolino y el sonido paró en un instante.
‒¿Están bien? ‒cuestionó Alexander.
Lo miré extrañada. Se acercó a mí y repitió, esta vez solo para mis oídos.
‒ ¿Estas bien, Joan?
El mundo había cambiado.
‒Sí ‒respondí.
Alexander me tomó en sus brazos y me tranquilizó dándome un beso en la
frente.
‒¿Todo bien, Marín? ‒preguntó Alex.
‒ Si ‒contestó Marín acomodándose la mochila en su hombro ‒. ¿Qué fue eso?
Su pregunta no era dirigida a ninguno de nosotros pues nadie sabía la
respuesta. No parecía haber sido algo natural, ni humano y eso… me aterraba.
Nadie quiso ahondar en el tema, hicimos lo que hace un niño pequeño para darle sentido
a lo aterrador, como cuando estás solo en casa y escuchas un crujido en las
escaleras; te obligas a creer que el frío ocasionó tales sonidos porque la
única otra explicación es que no estás solo. Si hay algo más aterrador que la
soledad, es la compañía de algo que no comprendes.
Al entrar al pueblo la gente se quedó mirándonos extrañada. Marín se acercó
e intentó comunicarse con ellos. Al poco tiempo regresó con la mano en la
cabeza y curveando los labios, era un rasgo característico de él que le hacía
lucir un tanto más guapo. Sus ojos tenían un brillo especial que me
tranquilizaba y me hacía sonreír. Me tomó por sorpresa comenzar a pensar en él
de esa manera y miré a Alexander con miedo de que pudiera leer mi mente.
‒Creo que dicen que vayamos.
Los tres caminamos hacía la multitud que se había formado en el centro del
pueblo, el cual constaba de unas quince casa de madera cubiertas de hojas de
palma. En medio del pueblo había una hoguera, cuyo fuego mantenía el lugar
entero acalorado, sobre la hoguera había palos donde ponían animales recién cazado,
por el momento tenían empalados a un tigre y a un búfalo, ambos cubiertos con
un líquido espeso y llenos de hierbas.
Detrás de la hoguera había algo parecido a un tótem blanco de unos diez
metros, en la parte baja se encontraban rostros con similitudes fisiológicas a
las personas del pueblo, arriba había talladas las caras de un hombre y una
mujer y la cima el comienzo de una creatura, pero el tótem terminaba
abruptamente con claras señales de estar quebrado.
La gente nos abrió paso hasta la única casa adornada del pueblo, las
paredes estaban pintadas con imágenes pintadas con sangre y pinturas de aceite
natural. Un escalofrío recorrió mi espalda al darme cuenta que el tótem, que
ahora se alzaba como un obelisco frente a nosotros era de hueso. Los ojos de
ambos, Alex y Marín se iluminaron al ver que al fondo del pueblo se alzaba una
pirámide cubierta por enredaderas.
‒ ¿Te lograste comunicar con ellos? ‒pregunté a Marín.
‒Algo así ‒contestó ‒. Parece que entienden lo que yo digo, pero su idioma
es una combinación de otros idiomas y hablan tres o cuatro personas al unísono.
Me dijeron algo así como que nos esperaban, pero que no somos realmente
nosotros. No logro entender muy bien. Se supone que llamarían a él “akamai”.
‒ Al sabio ‒dije para mí misma.
Marín se me quedó viendo extrañado.
‒Es hawaiano ‒expliqué ‒. Así es, sé español, francés y hawaiano, mi hermano
se mudó allá.
Era una conversación extrañamente familiar como si la hubiéramos tenido
antes, años atrás. Pero ¿por qué habría de haberle contado eso al mejor amigo
de Alexander? Traté de recordar el momento específico, pero mi mente estaba
nublada. Lo recordaba en los pasillos de la universidad, siempre acompañado de
Alex. Siempre salían juntos, me parece que incluso estaba en nuestra primera
cita. No sé porque lo invitamos a este viaje, recuerdo que lo había planeado
con Alex, era nuestro viaje de investigación para titularnos del doctorado,
¿pero por qué no vinimos solos? Me comenzó a doler la cabeza.
Entre mis recuerdos apareció aquel día en que Alex me dijo que desde que
eran niños él y Marín tenían planeado hacer un viaje de investigación para
encontrar un tesoro en alguna ruina. Ahora todo tenía más sentido. Ambos
querían dedicarse a la arqueología para buscar tesoros. Éramos un grupo de
cazadores de tesoros. A mí me encantaban las ruinas y las sociedades
antiguas, en cuanto Alexander, él siempre quiso encontrar tesoros igual que
Marín, aunque tenía el vago presentimiento que lo que él amaba eran las lenguas
muertas, lo imaginaba leyendo junto a una chimenea algún libro en latín.
Incluso ahora podía ver un destello en su sonrisa cuando hablaba de esta nueva
lengua extraña. A pesar de todo ello, los recuerdos me eran extraños, como si
le hubieran sucedido a otra persona.
Acerqué mi mano al brazo de Marín, el toque era sensible, su piel era suave.
‒ ¿Te dijeron el nombre del pueblo? ‒pregunté.
Él quedó pasmado. Parpadeo unas cuantas veces como si saliera de un sueño y
se quedó mirando mis labios.
‒ Soajela ‒carraspeó y comenzó a caminar más aprisa.
La gente del pueblo se quedó callada y nos miró fijamente. Vestían guantes y
un tipo arcaico de chanclas. Les colgaba una capa de dos aretes que tenían
enterrados en el cuello, el resto de su cuerpo estaba desnudo, con
escarificaciones geométricas en el tórax, las piernas y la cara. De la casa
adornada surgió un hombre viejo con cabello largo que caminaba con dos bastones
de madera tallados con la forma del tótem. Detrás de él había dos hombres y dos
mujeres con lanzas y escudos. Los cuatro tenían mismo símbolo en el pecho.
‒Die est akamai apó to chorió, Opa Hamia ‒dijo el viejo junto a las
cuatro personas a sus espaldas.
Logramos comprender solo algunas cosas que Opa Hamia nos dijo. Esa noche nos
dieron permiso de dormir en una pequeña cabaña. Cuando la luna estaba
rectamente sobre la pirámide, escuchamos el sonido rítmico de los tambores
soajeleanos alrededor del pueblo. Para nuestra sorpresa, la gente del pueblo
había decidido tener un festín en nuestro honor. Nos sentaron en cojines
gruesos de piel de tigre y bailaron alrededor de la hoguera. Danzaron en
parejas y se besaron entre ellos sin importar su sexo ni su edad. Le tomé la
mano a Alexander y noté una expresión de ausencia. Me recargué en su hombro y
vi esta bella danza, este pueblo perdido en el mundo, con una religión propia,
una cultura solitaria a la que, por habérsele negado la interacción con otras,
creció solitaria y por lo tanto con una identidad única.
‒¿No se te hace increíble su singularidad? ‒pregunté a Alexander.
‒Están estancados, tienen una civilización aparte, me disgusta un poco sus
ritos y el aliento les huele a estiércol ‒respondió.
‒¿Qué pasa? ‒cuestioné ‒. Pensé que estarías contento de que al fin
llegamos, no has hecho más que quejarte durante el caminó y ahora que estamos
aquí y tuvimos la suerte de poder hacer contacto, los criticamos como si fueran
bestias.
‒¿Y no lo son, Joan? ‒preguntó ‒. Saqué un tenedor para comer y me miraron
como si le hubiera sacado una computadora a Sócrates, comen con las manos y arrancan
la carne con los dientes. Son unos salvajes, se cubren todo menos los
genitales. Se les ven ladillas, Joan. Cuelgan capas de su cuello. ¿Dime cómo es
eso funcional en cualquier sentido?
‒Ni siquiera hemos hablado con ellos ‒contesté‒. Hablan otro idioma, pero
entienden el nuestro, su idioma es mezcla de otras culturas, podríamos estar
presentes ante la lengua original, este podría ser el lugar donde surgió el
lenguaje. ¿Tienes idea de todo lo que podemos aprender? Le dijeron a Marín que
la pirámide detrás del pueblo es un lugar al que nadie ha ido, podemos tener
contacto con una cultura completamente nueva y distinta a la nuestra, ¿no te
emociona?
Marín, quien se había levantado y había ido a platicar con Opa Hamia, ahora
bailaba alrededor del fuego, saltando y bebiendo aguardiente de un jarrón
grande que pasaban alrededor de la fogata. Se acercó a nosotros y estiró su
mano hacia a mí.
‒Quita esa cara mi Alex Arrieta, es sólo un baile ‒bromeó y agrego antes de
irnos ‒. Oye, me dijo Opa Hamia que la pirámide de Dammalun guarda un tesoro
que ningún humano es capaz de imaginar. ¡Vamos a ser ricos!
Durante el baile con Marín miré a Alex sentado solitario. Había una tristeza
en su rostro y cuando el viento movía las flamas e iluminaba su semblante, veía
una furia secreta en su pupila.
Cuando regresamos a la cabaña, Alex se quedó parado bajo el marco de la
puerta y miró a Marín con dientes casi rechinando. Tomé su brazo y fue
como si la oscuridad se levantara. Hizo una sonrisa triste y cuando estuvimos
solos me pidió que nunca lo dejara y yo solo pude decirle que jamás lo haría,
que él era el amor de mi vida.
La mañana siguiente nos levantamos poco antes que el sol para no
encontrarnos con la gente del pueblo y nos preparamos para ir a las ruinas. Una
expedición de investigación para mí, una oportunidad de tesoros para Marín y
Alex.
Antes de salir de Soajela, un hombre se acercó a nosotros, se colgó de Alex
y dijo:
‒Esý le malo.
Con un susurro, sus ojos de achicaron y luego se expandieron como lo
hace una explosión.
‒¡Esý le MALO! ¡ESÝ LE MALO! ¡ESÝ LE MALO!
Apretó los labios, le vibraba el pómulo y salivaba con cada letra. Marín lo
jaló para separarlo de Alex, el hombre apretó más sus labios hasta que sangre
surgió de ellos. Nos alejamos para evitar despertar al resto del pueblo. El
hombre intento gritar desde el suelo y escupió su labio inferior en la tierra,
la sangre humedeció las piedras y su pecho pálido se tiño de carmín.
Abracé a Alex y le pregunte si estaba bien.
‒Y tu defiendes a estas creaturas.
Había orgullo en su mirada, orgullosa furia que quemaba su rostro. Subimos
entre los árboles enormes por dos horas. Parábamos a tomar un poco de agua cada
media hora y a descansar. Intentaba acercarme a Alex y su mirada me alejaba nuevamente.
‒¿Por qué bailaste con él? ‒preguntó al fin en uno de esos altos mientras
Marín iba al baño.
‒ Alex, es algo que siempre ha pasado y jamás te había molestado ‒dije ‒.
Pensé que odiabas bailar.
Se acercó a mí y me susurro:
‒¿Estás segura que siempre había pasado? ¿No sientes algo extraño en tu
mente? ¿Nublada?
Mis ojos se transformaron en canicas. Sí, cada que pensaba en mi pasado
sentía un malestar y me costaba trabajo recordar ciertos momentos. Alexander se
tapó la boca con la mano y continuó:
‒También lo has sentido, ¿eh? No había querido decir nada porque al
principio pensé que era el cansancio, pero cuando te fuiste a bailar con él,
sentí una molestia y al mismo tiempo recordé que eso siempre ha pasado y que no
tenía razón para enojarme, pero intenté recordar más de mi pasado y sentí una
barrera que me bloqueó por completo, solo recuerdo desde que llegamos a
Soajela.
La tierra retumbó de nuevo, Alex y yo nos aferramos. El mismo grito agudo en
combinación con un gutural de un oso. El destello, la oscuridad. El
sonido constante. La opacidad del cielo, el silencio, la luz regresando, la
calma y al fin de nuevo el sonido de los insectos, el aire pasar por las hojas.
Marín regresó, con la mano en el pecho.
‒¿Estás bien, Joan? ‒preguntó.
‒¿Por qué me preguntas a mí? ‒contesté mirando de reojo a Alex.
‒Está bien‒masculló Alex, se levantó y seguimos caminando a la ruinas.
Ya no quería ir, sentía un peso oscuro en mis hombros. A pesar de saber y de
sentir en el tuétano de mis huesos que quería huir, mis músculos seguían dando
pasos, no reaccionaban a mi emoción de huir, y ahora que Alex me había dicho
que su mente no era como antes, todo se tornaba más atemorizante, pues no era
yo solamente, no era cansancio, era algo más. Había algo que al mismo tiempo me
atraía a la pirámide y me aterrorizaba. Ahora lo pienso y no éramos más
que simples insectos en una noche calurosa atraídos a una luz que nos
mataría.
‒Deberíamos avanzar más rápido para poder regresar antes de que oscurezca
‒dijo Arturia.
Alexander la miró de reojo. Siempre odie como la veía, con su cabello
hermoso y su mirada inocente.
‒Tienes razón ‒contestó Alex ‒. De haberte escuchado en la selva, antes de
llegar a Soajela, no nos hubiéramos perdido. Queda poca distancia, si no descansamos
estaremos ahí en 40 minutos.
‒Tal vez deberíamos regresar ‒propuso Marín.
Alexander se acercó a él y le dijo que no podíamos darnos por vencidos.
‒Recuerda el tesoro ‒dijo ‒. Después de esto podríamos ser ricos.
Ese había sido su sueño toda su vida, Alexander solía contarme que cuando
eran chicos él, Marín y la hermana de Marín, Arturia, jugaban a ser arqueólogos
y a ser cazadores de tesoros. Me hubiera encantado conocerlos. Mi cabeza
comenzó a doler y dejé de pensar en el pasado y me enfoqué en nuestra tarea
actual, llegar a la pirámide de Dammalun.
Tardamos un poco más del tiempo estimado. Para cuando llegamos, la pirámide
parecía iluminarse con el sol. El aire alrededor era pesado. En las piedras de
la pirámide crecían lianas, hiedras y plantas color morado. Había algo que te
hacía relajarte al mirarla, el silencio, no se escuchaba el volar de los
insectos, ni el aire atravesar las hojas. Nos acercamos con precaución, cada
paso se hacía más difícil, cada segundo se sentía más pesado que el anterior.
Mi espalda se curveó y veía pequeñas manchas borrosas.
‒Chicos, de verdad creo que deberíamos regresar, Opa Hamia me dijo que no
viniéramos aquí.
‒ ¿Por qué no nos lo dijiste? ‒reclamé.
‒Por supuesto que se los dije, cuando Arturia se paró a bailar con nosotros
se los mencioné, incluso se lo dije a Alex.
No recordaba ninguno de esos momentos, pero recordaba bailar con ny Marín.
‒No importa ‒dijo Arturia ‒. Miren, entremos y si escuchamos algo extraño,
algún animal o que se puede caer la pirámide, salimos y regresamos al pueblo.
‒Me parece una buena idea ‒intervino Alexander ‒. Marín, ahí adentro podría
estar esperando la fortuna que tanto hemos deseado. Joan, cuanto podrías
aprender si encontramos algún jeroglífico, que tal si es la tumba de algún rey
antiguo.
Tragué un poco de saliva y respiré profundo.
‒Está bien ‒dije ‒. Necesitamos un par de palos largos para checar el piso y
las paredes, todas las tumbas tienen trampas, tal vez algunas sigan activas.
‒Marín, a tu lado hay una rama larga ‒señaló Alexander.
Marín la tomó, todavía hesitando ante el hecho de entrar. Me miró, le
sonreí, Alexander nos miró y en sus ojos renació la furia de la fogata del día
anterior. Nos acercamos a la puerta, donde una línea blanca cruzaba debajo de
la entrada.
Toqué las piedras arenosas y me olí la mano. Toda la pirámide estaba
cubierta de blanco. Alexander se acercó mí.
‒Es sal ‒dije.
Bajé la cabeza y vi que mi pie estaba en la línea de sal.
‒ Tal vez la sal que resbala del marco de la entrada formó la línea ‒dijo.
Al quitar el pie, no pude evitar romper la línea. Prendimos nuestras
lámparas y nos adentramos en la oscuridad con Alexander y Marín utilizando dos
ramas para tocar alrededor. Caminamos lentamente, algunas de las trampas ya
habían sido activadas y veíamos sangre en alrededor de donde habían salido
picos o había caído un cubo de piedra, pero no había ningún cuerpo, ni huesos,
ni ropa que hubieran dejado atrás los exploradores anteriores.
Llegamos a una división y jalé la manga de Alex como una niña pequeña.
‒Alex, no tengo un buen presentimiento de esto ‒dije.
‒Tal vez te gustaría irte con mi hermano ‒objetó Arturia.
Sus ojos brillaron con la luz de mi linterna.
‒Alex… ‒ alcancé a susurrar antes de que mascullara que el iría a la
izquierda y nos ordenara que nos fuéramos a la derecha.
‒¡Alex! ‒grite, mi voz retumbó en la oscuridad y la luz de Alex comenzó a
perderse en la lejanía.
‒¿Por qué hiciste eso, Arturia? ‒cuestioné.
‒Como si te importara ‒replicó ella ‒. No creas que no he visto como miras a
mi hermano, pobre de Alex, deberías dejarlos en paz a los dos.
Le solté una cachetada y salí corriendo detrás de Alex cuya luz ya era casi
una luciérnaga. Alcance a escuchar la voz de Marín gritar mi nombre a mis espaldas
y decidí ignorarla. Perseguí la luciérnaga, el punto de luz que luchaba por
alejarse. Pasé tres encrucijadas más, subí por unas escaleras y bajé por otras.
Seguí corriendo esperando que la luz se hiciera más grande hasta convertirse en
la linterna de Alexander, pero al llegar quedé petrificada. Había pasado de
largo el punto luminoso. Miré a mis espaldas, realmente estaba persiguiendo una
pequeña luciérnaga prendiendo y apagando su luz. Di un paso atrás buscando a
Alexander.
‒¡Alex!
Mi gritó resonó en las paredes y una vez que despareció el sonido nuevamente
se escuchó mi gritó, pero esta vez provenía de la luciérnaga. Mi lámpara cayó
al suelo y mis manos fueron inconscientemente a mis labios para asegurarme de
que estaban cerrados.
‒ ¡Alex! ‒gritó la luciérnaga.
Mis labios estaban cerrados.
‒¡Alex!
Los apreté. Sentía el dolor en mi piel de la presión y sin embargo seguía
escuchando mi voz gritar el nombre de Alexander una y otra vez. Corrí en la
oscuridad tratando de encontrar a Alex, a Marín y a Arturia. Gritaba su nombre
y escuchaba el eco de la luciérnaga repetir mis palabras. Daba vueltas y
vueltas, bajaba y subía una y otra vez giraba a la derecha intentando
regresar.
Un nuevo grito partió la atmosfera, la voz de Marín diciendo el nombre de
Arturia. Seguí el sonido, grité su nombre hasta que al fin vi la luz de su
linterna en el piso y a él arrodillado sosteniendo la mano de Arturia. El haz
de luz iluminaba hasta al codo, di un paso más y Marín me miró con los ojos
completamente abiertos y rojos, lagrimas bajando por sus mejillas y una
embarrada de sangre en su cara. Me acerqué más a la luz y noté que no había
nada más allá del codo de Arturia. Marín alzó el brazo inerte, líneas de sangre
caían en la tierra. Mi boca se puso seca, mis latidos se detuvieron.
Di un paso atrás y sentí algo entre mis piernas, al bajar la mirada vi una
bota delgada entre las mías, mi instinto me dijo que corriera, pero mis piernas
no me respondieron. Ahí debajo de mí descansaba la pierna de Arturia, solamente
su pierna. Cuando alcé la mirada me di cuenta que no había visto toda la sangre
en la pared que alumbraba la linterna de Marín.
Marín y yo escuchamos un par de garras arrastrarse sobre la roca,
lentamente, seguidas del gutural sonido del oso unido al grito agudo que
habíamos escuchado al llegar a Soajela y al llegar a Dammalun.
Marín tomó su linterna, me agarró de la mano y huyó. Sus lágrimas me
golpearon por el movimiento, su mano se me resbalaba por la sangre. Una puerta
se abrió, un destello dorado surgió de adentro de la habitación y vimos la
figura de Alex con brazos abiertos celebrando enfrente de un tesoro dorado, una
montaña de oro.
‒¡Alex! Tenemos que salir de aquí‒gritamos, pero no hubo respuesta.
‒¡Alex! ‒repetí.
El aullido agudo se escuchó a nuestras espaldas, al igual que el sonido de
las garras y vimos una creatura gris saltar hacia nosotros. Marín me empujó al
interior de la habitación y al caer resonó una puerta de piedra que selló la
salida.
Marín intentó abrir la puerta, la golpeó una y otra vez hasta que sus puños
sangraron. Me acerqué a Alex, le toqué el hombro y él dio un saltó como si
ignorara mi presencia.
‒Alexander… ‒dijo una voz proveniente de las paredes, un sonido chirriante y
casi inaudible, ancestral, más antigua que la pirámide y las rocas con las que
estaba hecha.
‒Todas las riquezas que has soñado ‒susurró la voz ‒. A cambio solo pido que
sacrifiques a uno de los que te ha traicionado. A él, tu mejor amigo que
amaba silenciosamente a tu amada. O a ella que en silencio imagina estar con tu
mejor amigo. Tomad el cuchillo de oro, solo dos podrán salir, o ninguno lo
hará. Saldrás siendo rico o te quedarás para siempre.
‒Alex… ‒susurré mientras ponía distancia entre ambos.
‒ Te he amado tanto tiempo, que ni en mis sueños podría matarte ‒dijo
acercándose a Marín.
‒Alex, es tu mejor amigo.
Marín volteó a vernos y se recargo en la pared de piedra, se deslizó hasta
el piso y posó sus manos ensangrentadas en su rostro.
‒Sobrevivan… ‒balbuceó ‒. Arturia no era real, no era real.
Al escuchar estas palabras recordé a Arturia aparecer de la nada en la mitad
de nuestro trayecto a la pirámide. Mi menté no podía con esto, me estaba
volviendo loca. La había visto, había sentido su pierna entre las mías, había
visto el brazo en las manos de Marín, todavía podía ver la sangre en la cara de
él y en mis manos. El silencio reinó sobre nosotros, sobre el oro, sobre la
sangre. Marín soltó una risa débil que se convirtió en una carcajada repleta de
locura y terminó llorando.
‒No era real, Marín ‒le dije.
‒Pero todavía la recuerdo ‒dijo ‒. Recuerdo tener una hermana, recuerdo la
sensación de verla morir, recuerdo… amarla.
Marín se levantó de un salto y atacó a Alexander. Rodaron hasta la
montaña de oro golpeándose el uno al otro, ignorando mis ruegos por que se
detuvieran. Marín lo golpeaba y gritaba:
‒¡Mátame! ¡Mátame! ¡Sobrevivan!
El cuchillo calló de la montaña de oro, lejos de ambos, por eso cuando
Alexander giró y puso a Marín contra el suelo, tomó una copa de oro y con ella
golpeó repetidamente la cabeza de Marín.
Mi corazón se quebró. Se escuchó un crujido y luego silencio. Un golpe seco.
Silencio de nuevo. Otro golpe y el sonido se volvió suave como si golpeara una
fruta blanda y jugosa. Mis rodillas se estrellaron en el piso. La luz del oro
era tan brillante, tan fuerte que solamente alcanzaba a ver la silueta negra de
ellos, de él. Su mano alzándose y quedándose inmóvil unos instantes en el aire
antes de bajar con fuerza.
Soltó el arma homicida y esta giró hasta llegar a mis piernas. El cáliz de
oro ensangrentado se detuvo frente a mí y se burló de mi suerte. Alexander se
levantó, su ojos eran rubíes, sus dientes pepitas de oro. Se acercó a la pila
de tesoros y en cuanto su mano toco la montaña una luz cegadora iluminó el
cuarto. Su boca desapareció. Hacía los ademanes de pedir ayuda, pero de él no
surgía el menor sonido más que el de su mano golpeando contra su rostro. Sus
ojos comenzaron a desaparecer, se movía como si un millar de hormigas le
mordiera el cuerpo.
La pila de oro se tambaleó y de ella surgió un ente enorme y brillante.
Estaba ahogada en mis gritos, comencé a rasgar mi propio rostro al sentir que
mi mente se quebraba y no podía asimilar las imágenes que sucedían frente a mis
ojos. El ente siguió creciendo, la pirámide comenzó a colapsar. El sol, en
pleno atardecer, se coló por lo huecos que la espalda y la cabeza de la
creatura habían hecho.
Me hice para atrás y me escondí de los ojos negros del monstruo. Solía podía
imaginar ese par de abismos posándose en
mí y sus garras partiéndome el cuerpo. Sin embargo el monstruo no me miró, ni
siquiera le importó mi presencia. Se estiró y el resto de la pirámide sucumbió
ante él. Le faltaba una pierna, una larga pierna de las diez que tenía. Salió
de las ruinas y me dejo atrás entre las rocas. Yo era nada. Miré alrededor. El
cuerpo de Alexander había desaparecido, pero la cara destrozada de Marín estaba
frene a mí. Sus sesos había quedado aplastados en el suelo y el mi mano relucía
el cáliz ensangrentado. No recuerdo cuando conocí a Alexander, pero recuerdo
haberlo amado, recuerdo nuestra boda en la playa y la luna de miel en el
Amazonas. Recuerdo también a Marín leyendo junta a la chimenea…
Ya escucho los sonidos del pueblo quemarse a la distancia, los gritos, los
ruegos por piedad en distintos idiomas. Luego vino la niebla y luego el
silencio eterno.
