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¿Oye, qué es eso?

José pescaba a la orilla del río acompañado de sus primos. Era el primer día de primavera, y de acuerdo a Ricardo, era el mejor día si querían atrapar a la gran trucha del lago.

‒El esposo de mi mamá dice que un día la vio ‒dijo Bianca ‒. Según que es más grande que un cocodrilo.

‒Mentiras ‒respondió Santiago ‒. Tu padrastro no es más que un mentiroso. Yo escuché del carnicero Don Alfonso que nadie la ha visto. Hablando de eso, si lo capturamos me dijo que nos pagaba el kilo a 100 pesitos.

‒Si tuviera 100 pesos ‒dijo Ricardo ‒. Compraría una casa de campaña enorme y viviría en el bosque por el resto de mi vida.

‒Yo compraría muchos dulces y mostaza y comería sólo eso por siempre ‒dijo Santiago.

‒Pues yo iría a la luna y me volvería un astronauta ‒dijo Bianca ‒. ¿Y tú, José?

‒Yo se lo daría a mi mamá, desde que papá murió ha necesitado pedirle mucha ayuda de dinero a mis abuelitos.


-¿Oye, qué es eso?


Una luz brillante descendió del cielo y los cuatro niños la miraron hipnotizados. La bola de luz se acercó a la lancha de los chicos. La laguna se estremeció y las olas mecieron su bote de izquierda a derecha. El sol pareció esconderse entre las nubes y se hizo silencio, un silencio extraño y majestuoso. José se aferró a la madera mohosa del bote, su garganta se secó y su mente quedó atónita.

‒Es la naturaleza llamándome ‒dijo Santiago. Dio un salto, tocó la luz y desapareció.

‒¿A dónde se fue? ‒cuestionó Bianca.

‒Es la esfera de los deseos ‒interrumpió Ricardo entusiasmado ‒Sólo piensas con fuerza en tu deseo más grande y tócala.


Ricardo se acercó a la esfera, sus ojos reflejaron la añoranza y el deseo. En un instante desapareció. De nuevo se hizo silencio. Bianca y José se miraron y compartieron el mismo nudo en la garganta. Bianca le dio la mano a José y dijo:

‒¿Sabes? Siempre quise ver la luna de cerca y ahora tengo esta extraña sensación de que estoy a punto de hacerlo.


José estaba perplejo, no lograba comprender lo que sucedía, pero sabía que todo estaría bien una vez que fuera parte de esa esfera luminosa.


Bianca tocó la luz y al igual que sus dos compañeros, desapareció en un abrir y cerrar de ojos. José humedeció sus labios. Trató de relajar su respiración acelerada. Juntó todo el valor que pudo conjurar desde su pecho. Cerró los ojos y acercó su mano a aquella esfera con el deseo latente de encontrarse nuevamente con su padre.


Incluso con los ojos cerrados, la luz lo deslumbró. Una sensación cálida inundó su cuerpo y en un segundo ya no estaba en la laguna. La luz lo jaló al cielo. Subió y subió.

Estoy cerca de papá, pensó.


Frente a él aparecieron unos ojos grandes y secos. La boca de aquel ser era ancha y morada y en vez de piel tenía escamas áspera y azules.

‒Vaya! Pero que horror de atrapada. Capturé solamente a cuatro mocosos ‒dijo el ser.

¡Son pescados!, pensó José aterrado.

Trató de moverse, de gritar y rogarles que lo soltaran, pero no podía hablar y el oxígeno en sus pulmones se agotaba. A la derecha vio a sus amigos petrificados, como si alguien les hubiera chupado toda la sangre y les hubiera dejo la piel pegada al hueso. Los órganos de José se aplastaron unos contra o otros. Se mareó y su cuerpo se secó en un instante. Su piel se volvió morada. Con el último movimiento de su vida, sacó la lengua a un lado y perdió el conocimiento.


Otra creatura, igual de monstruosa, pero con sombrero respondió:

‒Tranquilo, muchacho. Esos niños saben muy bien empanizados y con un poquito de limón y chile no le pierden nada a un adulto bien formado.

‒Oye, papá, ‒dije el primer ser viendo al cielo ‒. ¿Qué esa cosa brillante que viene del cielo?

Foto de Ion Ceban @ionelceban en Pexels

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